El ronroneo de los gatos esconde un truco biológico que casi nadie había visto bien hasta hace poco. Pon la mano sobre un gato ronroneando y notarás algo raro si te fijas bien. Ese zumbido grave y constante no se parece a nada que tu propia garganta pueda producir sin esfuerzo. Los humanos necesitamos empujar aire con fuerza y tensar músculos para sacar un sonido así de bajo. Un gato, en cambio, puede mantenerlo durante horas, dormido, despierto, comiendo o incluso de parto, sin aparente gasto de energía. Durante más de cincuenta años, la ciencia creyó saber por qué. Resulta que estaba equivocada.
La teoría que todo el mundo repetía (y que no era del todo cierta)
Desde los años 70 se asumía que el ronroneo de los gatos lo generaba su propio cerebro. Un marcapasos neuronal enviaría señales rítmicas, unas 25-30 veces por segundo, para contraer y relajar los músculos de la laringe sin parar. Es decir, un proceso activo y agotador, como hacer flexiones diminutas sin descanso. El problema es que nadie había comprobado esa idea a fondo. Además, encajaba mal con un detalle: los gatos ronronean incluso bajo sedación profunda, cuando ese «marcapasos» muscular debería estar apagado.
Sin embargo, un equipo liderado por el científico de la voz Christian T. Herbst, de la Universidad de Viena, decidió mirar dentro de la laringe felina para resolver la duda de una vez. Publicaron sus resultados en 2023 en la revista Current Biology, y lo que encontraron cambia bastante la historia.
El secreto del ronroneo de los gatos: una almohadilla que nadie había visto
Los investigadores extrajeron laringes de gatos, de ejemplares ya fallecidos por causas ajenas al estudio. Las sometieron a corrientes de aire en el laboratorio, sin ningún músculo activo ni señal nerviosa de por medio. El resultado fue claro: las cuerdas vocales vibraron solas, de forma pasiva, a esas frecuencias gravísimas de 25-30 Hz típicas del ronroneo. Nada de contracciones rítmicas necesarias.
¿Cómo es posible? El equipo encontró la respuesta anatómica. Dentro de los pliegues vocales de los gatos hay una almohadilla de tejido conectivo y grasa. Esa almohadilla no existe, por ejemplo, en la laringe humana. Esa almohadilla añade masa y cambia la rigidez de las cuerdas vocales. Así, al pasar el aire, estas vibran solas a una frecuencia absurdamente baja para un animal tan pequeño. Es el mismo principio acústico que explica el «vocal fry» (fonación crepitante). Es ese sonido rasposo y grave que producen un cantante de rock o un locutor. En ambos casos no es el cerebro el que lleva el ritmo nota a nota. Es la propia estructura del tejido, que vibra a su manera cuando se le da la oportunidad.
En otras palabras: el gato no «rema» activamente para ronronear. Simplemente respira, y su laringe está construida para convertir ese aire en zumbido sin pedir permiso al sistema nervioso. Por eso un gato puede ronronear dormido, bajo anestesia o en los últimos instantes de su vida. No depende de que el cerebro esté dando órdenes constantes.
¿Y entonces por qué ronronean?
El mecanismo explica el cómo, pero el por qué sigue siendo más variado de lo que parece. Por ejemplo, los gatitos ronronean desde los primeros días de vida para avisar a su madre de que están bien y localizarla en la camada. Los adultos lo usan para pedir comida. Incluso existe un «ronroneo de petición» con un agudo camuflado dentro, parecido en tono al llanto de un bebé humano. Así lo describió en 2009 un estudio de la Universidad de Sussex. Sobre todo, funciona como mecanismo de autocalma, ya que muchos gatos ronronean cuando están heridos, asustados o estresados, no solo cuando son felices. Así que si tu gato ronronea en la consulta del veterinario, no significa que esté encantado con la visita.
Lo bonito de este hallazgo sobre el ronroneo de los gatos es que resuelve una contradicción que llevaba décadas ahí, a la vista. Un sonido que parecía exigir un esfuerzo activo y continuado resulta ser, en el fondo, un truco de ingeniería biológica pasiva. Es una almohadilla de grasa haciendo el trabajo que durante cincuenta años le atribuimos al cerebro. La próxima vez que un gato se instale en tu regazo y empiece a vibrar como un pequeño motor, recuérdalo. No está «trabajando» para hacerlo. Simplemente respira distinto a ti. Si te interesan estos trucos del cuerpo que la ciencia tardó en descifrar, no te pierdas por qué no puedes hacerte cosquillas a ti mismo.