Hoy es 31 de octubre. En algún momento de la noche, alguien te va a dar un susto de muerte. Puede ser un amigo detrás de una puerta, una casa del terror de pueblo, o una película mal elegida en el sofá. Segundos después, te vas a reír. Eso que parece una contradicción, pasarlo mal para pasarlo bien, tiene nombre científico. Y, sorprendentemente, tiene también un laboratorio del miedo real dedicado a estudiarlo: una casa encantada de verdad, en Pittsburgh, convertida en centro de investigación.
Una casa del terror convertida en laboratorio del miedo
Se llama ScareHouse. Durante años fue, para el público, una atracción de Halloween como cualquier otra: pasillos oscuros, actores disfrazados y sustos a traición. Pero la socióloga Margee Kerr, que trabajaba allí como asesora de «miedo», vio una oportunidad distinta. La ciencia apenas había estudiado, en condiciones reales, qué le pasa al cerebro humano cuando elige voluntariamente pasar miedo.
Kerr trabajó junto con los investigadores Greg Siegle y Rachel Orsini. Juntos reclutaron a 262 personas que ya habían comprado su entrada para la casa del terror. A 100 de ellas les colocó sensores que registraban su actividad cerebral antes y después del recorrido. Además, pidió a todas que describieran su estado de ánimo en ambos momentos. El estudio se publicó en 2019 en la revista científica Emotion, de la Asociación Americana de Psicología. Se convirtió en una de las referencias más citadas sobre el tema. Los investigadores bautizaron el fenómeno como VANE: «Voluntary Arousing Negative Experiences», experiencias negativas de excitación voluntaria.
El resultado: salir más contento que como entraste
El hallazgo central fue tan simple como curioso. Tras 35 minutos de sustos deliberados, buena parte de los visitantes salía de mejor humor que como había entrado. Esto era especialmente cierto entre quienes llegaron aburridos, estresados o frustrados. El subidón de adrenalina, combinado con la certeza de estar a salvo, funcionaba casi como un reinicio emocional. Entre quienes mejoraron su ánimo, los sensores detectaron además una menor reactividad cerebral ante tareas posteriores. El cerebro salía más tranquilo, no más alterado, del shock inicial.
El beneficio era mayor todavía entre quienes sentían que la experiencia les había puesto realmente a prueba. No hacía falta pasarlo «un poco mal»: cuanto más auténtico el susto, más duradera la sensación de alivio y satisfacción después. Puedes leer la cobertura detallada del estudio en este reportaje de la revista Time, que recoge testimonios de los propios investigadores.
Por qué el miedo «seguro» nos sienta tan bien
La explicación biológica tiene que ver con un truco de la amígdala, la parte del cerebro encargada de detectar amenazas. Esta no siempre distingue bien entre un peligro real y uno fingido. Activa la respuesta de lucha o huida casi igual ante un payaso que salta de un armario que ante un peligro real. El resultado es una descarga de adrenalina y cortisol. Pero en cuanto el córtex prefrontal confirma que no hay amenaza real, ese subidón de activación se queda sin la parte de estrés. Se convierte entonces en pura euforia, parecida a la que sientes bajando de una montaña rusa.
Es la misma lógica, a pequeña escala, que explica por qué nos gustan los deportes de riesgo controlado. También explica por qué los niños piden que les persigan «para asustarlos un poquito». El cuerpo practica a gestionar el miedo en un entorno sin consecuencias reales. Ese entrenamiento emocional, además, sale gratis: viene envuelto en una tarrina de caramelos. También es un primo cercano de fenómenos como la histeria colectiva del baile de 1518. Allí, el miedo y la sugestión colectiva se retroalimentaban entre cientos de personas a la vez, aunque en un sentido mucho menos divertido.
Así que si esta noche alguien te hace gritar en una fiesta de Halloween, dale las gracias. Según la ciencia, probablemente estás a punto de pasarlo mejor que si te hubieras quedado tranquilamente en el sofá.