Nobel de Física 2026: el telescopio hecho de hielo

El pasado 6 de octubre, la Academia Sueca anunció que el Nobel de Física 2026 era para un solo hombre: Francis Halzen. Es, además, un físico belga de 82 años. Lleva más de tres décadas convencido de una idea que, dicha en voz alta, suena a locura de ciencia ficción. Se trata de enterrar un telescopio gigante bajo un kilómetro y medio de hielo antártico para «ver» partículas que, en teoría, son casi imposibles de atrapar.

El jurado del Nobel de Física 2026 reconoce «las contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y el descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico», según el comunicado oficial de la Fundación Nobel. Dicho de otra forma, Halzen y su equipo demostraron algo asombroso. Se puede cazar mensajeros invisibles del cosmos usando, literalmente, un trozo de la Antártida como detector.

¿Qué es un neutrino y por qué le llaman «partícula fantasma»?

Asimismo, los neutrinos son subatómicos diminutos, sin carga eléctrica. Además, tienen una masa tan ridícula que durante años se pensó que no tenían ninguna. Se crean en procesos violentos del universo: explosiones de supernovas, agujeros negros devorando materia, el núcleo del Sol. El problema es que apenas interactúan con nada. De hecho, billones de ellos atraviesan tu cuerpo cada segundo sin que te enteres. Y la inmensa mayoría sigue su camino sin chocar jamás con un solo átomo. De ahí el apodo de «partículas fantasma»: están en todas partes y, a efectos prácticos, en ninguna.

Eso los convierte en un mensajero perfecto para la astronomía. Viajan en línea recta desde su origen sin que nada los desvíe ni los frene, al contrario que la luz. Sin embargo, también los convierte en una pesadilla para detectarlos. Hace falta, por tanto, un volumen de materia descomunal para tener alguna probabilidad de pillar, de vez en cuando, el chispazo de una de esas rarísimas colisiones.

Un telescopio hecho de un kilómetro cúbico de hielo

La solución de Halzen fue aprovechar el hielo más puro y transparente del planeta: el de la estación Amundsen-Scott, en el Polo Sur. El IceCube Neutrino Observatory consiste en 5.160 sensores ópticos digitales distribuidos en 86 cables verticales. También están hundidos entre 1,5 y 2,5 kilómetros bajo la superficie. Juntos, vigilan un volumen de hielo de aproximadamente un kilómetro cúbico.

Cuando, muy de tanto en tanto, un neutrino de alta energía choca con un átomo del hielo, genera partículas cargadas que viajan más rápido que la luz dentro de ese medio. La luz se frena al entrar en el hielo, aunque el límite universal de velocidad siga intacto. Ese «sonido de ruptura de la barrera del sonido» óptico produce un destello llamado radiación Cherenkov. Los sensores —cada uno con un tubo fotomultiplicador capaz de detectar un solo fotón— lo registran con precisión de nanosegundos. Así, cruzando el momento y el ángulo en que llega la luz a cada sensor, los físicos reconstruyen de dónde vino el neutrino y cuánta energía traía. Si te interesa el detalle técnico del detector, ya contamos en profundidad cómo funciona el telescopio de hielo que ganó el Nobel de Física.

Hay un truco adicional para no confundirse: la Tierra misma actúa como filtro. Los sensores ignoran casi todo lo que llega desde arriba, que suele ser «ruido» de rayos cósmicos comunes. En cambio, prestan atención a las señales que parecen venir de abajo, es decir, partículas que atravesaron el planeta entero antes de llegar al detector. Por eso, solo un neutrino es capaz de un viaje así sin desintegrarse por el camino.

Del Polo Sur a Estocolmo: el camino hasta el Nobel de Física 2026

IceCube empezó a funcionar en 2010. De hecho, en 2013 ya había detectado los primeros neutrinos cósmicos de alta energía. Esto confirmó que algo, en algún rincón violento del universo, los está lanzando hacia nosotros a energías que ningún acelerador de partículas humano podría igualar. Entre diciembre de 2025 y enero de 2026, además, el detector recibió una actualización con más de 650 nuevos fotodetectores. Por tanto, eso lo hace aún más sensible de cara a futuros descubrimientos.

Halzen se suma así a una lista corta pero selecta de Nobel por cazar neutrinos, junto a Raymond Davis Jr. y Masatoshi Koshiba (2002) o Takaaki Kajita y Arthur McDonald (2015). Lo curioso es que, en su caso, el instrumento decisivo no fue un acelerador carísimo lleno de tecnología de vanguardia. Fue, casi, un kilómetro cúbico de la sustancia más común de la Antártida. Así, se convirtió en el telescopio más extraño —y uno de los más eficaces— jamás construido para mirar el cielo desde debajo del suelo. De este modo, un bloque de hielo acabó llevándose el Nobel de Física 2026.

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