Comer helado rápido tiene un precio inmediato: te comes una cucharada, y tres segundos después una punzada te atraviesa la frente como si alguien te hubiera clavado un cubito de hielo entre las cejas. Durante unos instantes te preguntas seriamente si te está dando algo grave. No, no te está dando nada grave. Es el famoso «brain freeze», y lo curioso es que la ciencia tardó más de un siglo en explicar por qué ocurre exactamente eso y no, por ejemplo, un dolor de muelas.
El mecanismo: tu paladar manda una señal de alarma
Cuando algo muy frío toca el paladar (la parte de arriba de la boca, justo detrás de los dientes delanteros), los vasos sanguíneos de esa zona reaccionan de inmediato contrayéndose para conservar el calor. El problema llega justo después: en cuanto el paladar empieza a recuperar temperatura, esos mismos vasos se dilatan de golpe, y ahí es donde empieza el jaleo.
Ese vaivén de contracción y dilatación no se queda localizado en la boca. Está conectado, a través del nervio trigémino —el nervio craneal más grande que tenemos, encargado de la sensibilidad de toda la cara—, con una arteria que riega el cerebro: la arteria cerebral anterior. Ahí es donde el cerebro empieza a interpretar mal la señal.
El estudio que resolvió el misterio
Durante décadas se dieron explicaciones más o menos intuitivas (mucho frío, nervios sensibles, mala suerte), pero fue en 2012 cuando un equipo liderado por el investigador Jorge Serrador, publicado en The FASEB Journal, consiguió ver lo que pasaba en tiempo real. Conectaron a 13 voluntarios a sensores de flujo sanguíneo cerebral y les hicieron beber agua helada con una pajita, apoyando el chorro directamente sobre el paladar hasta que apareciera la punzada.
El resultado fue muy claro: en el momento exacto en que sentían el «brain freeze», su arteria cerebral anterior sufría un aumento brusco y notable de flujo sanguíneo. Y cuando les daban agua templada para beber, la arteria se contraía de nuevo y el dolor desaparecía casi al instante, como quien corta la corriente. Lo puedes leer con más detalle en este reportaje de NPR sobre el estudio.
¿Por qué duele la frente si el frío está en la boca?
Aquí está la parte más rara del asunto: el dolor no se siente donde ocurre el problema, sino en la frente. Es lo que se llama dolor referido, el mismo fenómeno por el que un infarto a veces se nota como un dolor en el brazo izquierdo en vez de en el pecho. El nervio trigémino tiene una rama que recorre el paladar y otra que llega hasta la frente. Por eso el cerebro, al recibir la señal de socorro, no siempre acierta a la hora de localizar exactamente de dónde viene: interpreta que el problema está «ahí delante», en mitad de la cabeza, aunque el origen real esté varios centímetros más abajo.
Los científicos creen, además, que ese subidón de riego sanguíneo podría ser en realidad un mecanismo de protección: una manera del cerebro de mandar sangre caliente rápidamente a una zona que percibe como amenazada por el frío, para evitar que se enfríe de más. Un sistema de calefacción de emergencia con un efecto secundario bastante desagradable.
Cómo evitarlo: trucos para no comer helado rápido
La solución práctica que se deduce de todo esto es sencilla: si notas que empieza la punzada, presiona la lengua contra el paladar o bebe algo templado. Al calentar la zona de golpe, obligas a la arteria a contraerse otra vez y el dolor suele cortarse en cuestión de segundos. Y si quieres evitarlo directamente, el truco de toda la vida sigue funcionando: come el helado más despacio y deja que el paladar se enfríe de forma gradual, sin darle tiempo a la arteria a hacer ese vaivén tan brusco.
Lo interesante es que este pequeño episodio de dolor que todos hemos sufrido alguna vez en verano le está sirviendo a los investigadores para entender mejor otros tipos de dolor de cabeza, incluida la migraña, ya que comparten ese mismo mecanismo de cambios bruscos en el riego sanguíneo cerebral. Así que la próxima vez que te fulmine un «brain freeze», puedes consolarte pensando que, en cierto modo, estás aportando datos a la ciencia. Aunque probablemente prefieras simplemente terminarte el helado en paz.
Y si el frío en general te da curiosidad, aquí tienes otro misterio resuelto por la ciencia: por qué resbalamos en el hielo.
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