En una colina con vistas al mar, en el pueblo japonés de Ōtsuchi, hay una cabina telefónica blanca en mitad de un jardín. Dentro, sobre una pequeña repisa de madera, descansa un teléfono negro de disco. Es de esos que ya casi nadie recuerda cómo marcar. No está conectado a ninguna línea. No hay cable que salga de la cabina, ni compañía telefónica que cobre la factura. Y aun así, desde hace más de una década, decenas de miles de personas han hecho cola para entrar, descolgar el auricular del teléfono del viento y hablar.
El teléfono se llama Kaze no Denwa, “el teléfono del viento”. Lo instaló en 2010 un diseñador de jardines llamado Itaru Sasaki, poco después de que le diagnosticaran un cáncer terminal a su primo. Sasaki necesitaba un sitio donde poner en palabras su duelo. Por eso, colocó una vieja cabina de cristal en su jardín particular, bautizado como Bell Gardia, y metió dentro un teléfono que no llevaba a ninguna parte. Su idea, tal y como la contó él mismo, era que sus pensamientos “no podían transmitirse por una línea normal”, pero sí podían viajar “llevados por el viento”.
Cuando un jardín privado se convirtió en un lugar de peregrinación
Aquello iba a quedarse como un rincón íntimo de duelo personal. Pero en marzo de 2011, el terremoto y el tsunami de Tōhoku golpearon la costa este de Japón con olas de hasta 9 metros. Ōtsuchi fue uno de los pueblos más castigados: cerca del 10% de su población murió o desapareció, unas 421 personas, según recoge el programa radiofónico This American Life, que dedicó un reportaje entero al fenómeno.
Sasaki abrió entonces su cabina privada al resto del pueblo. Empezaron a llegar vecinos que habían perdido a padres, hijos, parejas, y que necesitaban decirles algo que el tsunami les había impedido decir. De hecho, subían la colina, entraban en la cabina, descolgaban el teléfono muerto y marcaban un número que ya no existía. Algunos hablaban en voz baja durante un par de minutos. Otros se quedaban media hora contando el día a día de una familia que ya no era la misma.
La noticia corrió primero de boca en boca y después a través de documentales de la cadena pública japonesa, hasta que NPR la recogió en un reportaje de 2023. Las cifras varían según la fuente: algunas hablan de unas 10.000 visitas en los tres primeros años tras la catástrofe, otras de más de 30.000 acumuladas con el paso de los años. Sin embargo, todas coinciden en algo: nadie esperaba que un teléfono desconectado se convirtiera en uno de los rituales de duelo más conocidos del mundo.
Por qué funciona hablarle al teléfono del viento
No hace falta que la línea esté conectada para que hablar sirva de algo. Psicólogos que han estudiado el fenómeno del Kaze no Denwa apuntan a algo que la terapia del duelo lleva años usando de formas distintas: desde escribir cartas a quien ya no está, hasta hablarle a una silla vacía. Verbalizar en voz alta, con estructura de conversación real, ayuda a organizar emociones que de otro modo se quedan atascadas. Además, el ritual de entrar en una cabina, descolgar y marcar un número añade un peso simbólico que una conversación mental no tiene: hay un antes y un después, un principio y un final, como en cualquier llamada.
Lo curioso es que la idea ha viajado mucho más allá de Japón. Desde entonces han aparecido “teléfonos del viento” inspirados directamente en el de Sasaki en varios puntos de Estados Unidos —Oakland, Provincetown, Marshall, Olympia— y también en Irlanda. Durante la pandemia de COVID-19, Sasaki llegó a recibir consultas desde el Reino Unido y Polonia de gente que quería replicar el proyecto para ayudar a quienes habían perdido a alguien sin poder despedirse.
Una cabina que sigue sonando en el silencio
Hoy, más de una década después del tsunami, la gente sigue subiendo a Bell Gardia. Algunos van una sola vez. Otros vuelven cada aniversario, como quien visita una tumba, solo que aquí el ritual incluye una llamada que nadie contesta y que, aun así, parece llegar a alguna parte. El teléfono del viento sigue sin cable, sigue sin línea, y sigue siendo, para miles de personas, el único número al que todavía pueden marcar.