La Guerra del Emú: la batalla que ganaron los pájaros

Sí, has leído bien: en 1932 Australia usó ametralladoras del ejército contra pájaros, y los pájaros ganaron. No es una leyenda urbana ni una broma de internet: ocurrió de verdad entre noviembre y diciembre de aquel año. De hecho, quedó registrado en los archivos militares australianos bajo un nombre que se tomaron completamente en serio: la Guerra del Emú.

Un ejército de veteranos contra una plaga con plumas

Todo empezó con una combinación de mala suerte. Tras la Primera Guerra Mundial, el gobierno australiano había instalado a miles de excombatientes como granjeros en tierras marginales de Australia Occidental. Les prometía prosperidad gracias al trigo. La tierra resultó pobre y la Gran Depresión apretaba las cuentas. Para rematarlo, una sequía provocó la migración de unos 20.000 emús hacia esas mismas zonas de cultivo en busca de agua. Las aves arrasaron los sembrados y tumbaron kilómetros de vallas, dejando además el paso libre a los conejos. Los granjeros, desesperados, pidieron ayuda al ejército, y el Ministerio de Defensa, para sorpresa de todos, aceptó: así arrancó oficialmente la Guerra del Emú.

Ametralladoras Lewis contra pájaros de 50 km/h

El 2 de noviembre de 1932 llegó a la localidad de Campion el mayor G. P. W. Meredith, de la Real Artillería Australiana. Lo acompañaban dos soldados, dos ametralladoras Lewis y 10.000 balas. El plan parecía sencillo sobre el papel: acorralar a las bandadas y abrir fuego. En cambio, la realidad fue muy distinta. Los emús resultaron blancos pésimos. De hecho, corren en zigzag a más de 50 km/h y se dispersan en cuanto suena el primer disparo.

Meredith terminó admirando a su «enemigo» casi a regañadientes: «Si tuviéramos una división militar con la capacidad de aguantar balas de estas aves, plantaría cara a cualquier ejército del mundo. Encajan las ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques», declaró tras la campaña, según recoge History Hit.

Hasta con ametralladora montada en un camión

Los soldados probaron de todo: emboscadas junto a los abrevaderos y líneas de tiro coordinadas con los granjeros. Incluso montaron una de las Lewis en la parte trasera de un camión para perseguir a las bandadas campo a través. Además, el traqueteo del vehículo sobre terreno irregular hacía casi imposible apuntar, y los emús se escabullían una y otra vez. En poco más de un mes de operación, entre el 2 de noviembre y el 10 de diciembre, los soldados dispararon miles de cartuchos. Sin embargo, solo lograron abatir, según las cifras oficiales, algo menos de 1.000 emús confirmados —quizá varios cientos más murieron después por las heridas—. Fue una fracción mínima de la población estimada en 20.000 aves.

La retirada: el final de la Guerra del Emú y la burla de la prensa

El resultado fue tan pobre que las tropas se retiraron antes de lo previsto. Por eso, el propio Parlamento australiano debatió el episodio, no sin sorna, como un fracaso militar en toda regla. La prensa de la época se lo pasó en grande a costa del ejército. En el Reino Unido, un parlamentario llegó incluso a bromear preguntando si se concederían medallas a los emús supervivientes. El problema de las aves acabó resolviéndose de forma mucho menos épica: un sencillo sistema de recompensas por cada emú abatido, gestionado por los propios granjeros. Por tanto, en pocos meses lograron lo que la artillería no pudo.

Casi un siglo después, la Guerra del Emú sigue siendo uno de esos episodios que parecen inventados y no lo son. Incluso ha dejado un rastro curioso en la identidad del país: el escudo nacional de Australia luce un canguro y un emú. La explicación tradicional —no exenta de debate entre biólogos— es que ninguno de los dos puede caminar hacia atrás con facilidad. Aun así, es todo un símbolo para una nación que, al menos aquella vez, tuvo que aprender a rendirse ante un adversario que solo sabía avanzar.

Si te ha enganchado este tipo de rarezas históricas, seguro que también te sorprende la guerra más corta de la historia, que enfrentó a Reino Unido y Zanzíbar y terminó en apenas 38 minutos.

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