Hacerte cosquillas a ti mismo: por qué es imposible

Prueba a hacerte cosquillas a ti mismo en la planta del pie ahora mismo. Da igual la fuerza, la velocidad o lo mucho que te esfuerces: no vas a soltar ni una risa nerviosa. Sin embargo, si dejas que lo haga otra persona, con la mitad de convicción, la cosa cambia. Saltarás como si te hubiera dado un calambre. Este pequeño fallo aparente de tu cuerpo no es casualidad ni cosa de fuerza de voluntad. En realidad, es tu propio cerebro vetando la sorpresa antes de que llegue.

El vigilante que vive en la nuca: por qué no puedes hacerte cosquillas

La respuesta está en el cerebelo, una estructura del tamaño de un puño situada en la parte trasera baja del cráneo. Cada vez que mueves un músculo, el cerebelo no se limita a ejecutar la orden. Además, envía una copia del plan de movimiento —lo que los neurocientíficos llaman «copia eferente»—. Así predice exactamente qué sensación va a producir ese movimiento, y cuándo.

Cuando tú mismo te tocas, esa predicción es prácticamente perfecta. Esto ocurre porque tú controlas la velocidad, la trayectoria y el momento exacto del contacto. El cerebro compara lo que siente con lo que había previsto. Si ambas cosas coinciden, decide que no hay nada nuevo que atender. Por eso rebaja la respuesta en la corteza somatosensorial —la zona que procesa el tacto—. También la reduce en la corteza cingulada anterior, la parte que procesa el placer y la sorpresa. El resultado es una sensación aplanada: cero cosquillas.

Cómo lo demostraron con un robot de cosquillas

La prueba científica más citada sobre esto viene de un equipo del University College London liderado por Sarah-Jayne Blakemore. En 1998, ese equipo construyó un pequeño robot con una almohadilla de espuma para tocar la palma de los participantes. De hecho, cuando la persona activaba el robot y este la tocaba al instante, apenas sentía cosquillas. Pero bastaba un retraso de unos cientos de milisegundos entre el botón y el roce para que todo cambiara. La sensación de cosquillas volvía a aparecer, y cuanto mayor era el retraso, más aumentaba esa sensación.

La explicación es preciosa: romper la sincronía entre acción y sensación impide que el cerebelo anticipe el toque con precisión. Como resultado, dejas de reconocerlo como «tuyo» y tu sistema nervioso reacciona como si viniera de fuera. En otras palabras, es posible hacerte cosquillas a ti mismo si rompes esa sincronía con medio segundo de retardo. Esto ocurre aunque seas tú quien mueva la mano.

Por qué esto no es solo curiosidad de sobremesa

Este mecanismo de «cancelar lo ya esperado» es el mismo que evita que te marees al mover los ojos. También es lo que te permite distinguir el cosquilleo de tu respiración del de un insecto posándose en el brazo. Es, básicamente, el sistema de filtrado que separa lo predecible —y por tanto irrelevante— de lo verdaderamente nuevo. Y lo nuevo sí merece tu atención inmediata. Es primo hermano de otro mecanismo cerebral: el que decide qué recuerdos merece la pena conservar. También exploramos ese tema al hablar de por qué tu cerebro nunca olvida lo inesperado.

Además, hay un motivo evolutivo bastante lógico para las cosquillas ajenas. Si algo se desliza por tu piel sin que lo hayas provocado, más vale que tu cerebro lo note enseguida. Podría ser una araña, una mano amiga o una amenaza real. Las cosquillas, con toda su risa incontrolable, podrían ser en el fondo una alarma social y sensorial disfrazada de juego.

Hay incluso una pista clínica que refuerza la teoría. Varios estudios posteriores del mismo equipo se centraron en personas con esquizofrenia, sobre todo con síntomas de pasividad. Ese síntoma consiste en sentir que los propios actos están controlados desde fuera. Sorprendentemente, esas personas sí lograban hacerse cosquillas a sí mismas, de forma parecida a como se las haría otra persona. Si el fallo está en ese sistema que distingue «lo mío» de «lo ajeno», tiene sentido lo que pasa después. También se difumina la frontera entre tu propia mano y una mano extraña sobre tu piel.

Así que la próxima vez que alguien te rete a hacerte cosquillas a ti mismo, ya tienes la respuesta lista. No es que no sepas cómo hacerlo. Es que tu cerebelo lleva toda la vida vigilando que nada te pille por sorpresa, ni siquiera tú mismo. Puedes leer el estudio original y su seguimiento en ScienceAlert.

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