El veto real al Monopoly de la familia británica

Tienen palacios, joyas de la corona y propiedades por medio Reino Unido. Sin embargo, hay un objeto de plástico y cartón que la familia real británica no puede tener sobre la mesa del salón: el Monopoly. No es una leyenda urbana de sobremesa navideña. Lo confirmó el propio príncipe Andrés en 2008, durante una visita oficial a la sede de la Leeds Building Society. Cuando alguien le ofreció una copia del juego como regalo, él la rechazó de inmediato. Su frase resume bien lo que hoy se conoce como el veto real al Monopoly: «No podemos jugar al Monopoly en casa».

La razón no tiene nada que ver con la etiqueta ni con ningún protocolo oficial firmado por la reina. Es, de hecho, mucho más humano que eso: la familia real es, según varios de sus propios miembros, insoportablemente competitiva. La reina Isabel II habría impuesto el veto después de que las partidas familiares terminaran, literalmente, en discusiones. Por eso Andrés lo resumió sin rodeos ante los periodistas: «se vuelve demasiado violento».

Cuando comprar Park Lane se convierte en una guerra

El detalle curioso es que esto no quedó en una anécdota aislada de una generación. Décadas después, el príncipe Guillermo reconoció en una entrevista que las cosas también se calientan cuando juega a juegos de mesa con su propia mujer e hijos. Esto sugiere que la vena competitiva no se quedó en la generación de su abuela: se ha ido heredando como un título nobiliario más. Resulta casi cómico imaginar a los futuros herederos al trono discutiendo por quién se queda con Mayfair. Al fin y al cabo, en la vida real son dueños de terrenos que ni siquiera aparecen en el tablero.

Y ahí está, precisamente, la parte más irónica del veto real al Monopoly.

El juego que nació para advertir sobre gente como ellos

El Monopoly que conocemos hoy no fue idea de Charles Darrow. Parker Brothers le atribuyó la invención en 1935, y fue él quien se llevó la fama —y el dinero— por ello. El diseño original se llamaba The Landlord’s Game («El juego del terrateniente»). Lo patentó en 1903 una mujer llamada Elizabeth Magie, seguidora de las ideas del economista Henry George.

Magie no quería crear un pasatiempo familiar inofensivo. Su objetivo era denunciar el poder de los grandes monopolistas de su época, gente como Andrew Carnegie o John D. Rockefeller, que amasaban fortunas comprando terrenos y cobrando rentas mientras el resto de la sociedad se empobrecía. Por eso diseñó el juego con dos reglamentos distintos. En el «antimonopolista», todos los jugadores se beneficiaban cuando se generaba riqueza compartida. En cambio, en el «monopolista» ganaba quien conseguía arruinar a los demás acumulando propiedades. Su intención era que, tras jugar ambas versiones, la gente entendiera lo injusto que era el segundo modelo.

Sin embargo, el modelo que sobrevivió y se popularizó fue precisamente el modelo monopolista. Ese fue el que acabó llegando a las tiendas de todo el mundo, en contra de la voluntad de su autora original. Ese modelo consiste en arrasar al rival comprando calles y cobrando alquileres hasta dejarlo en la ruina. El mensaje de advertencia de Magie se perdió por el camino. Lo que quedó fue justo el juego que hace que cualquier familia —hasta la más protocolaria del planeta— termine peleada por una casita verde en Park Lane.

El veto real al Monopoly, versión siglo XXI

El palacio de Buckingham nunca ha hecho un comunicado oficial confirmando esta prohibición, y probablemente nunca lo hará. Al fin y al cabo, es una tradición familiar informal más que una norma de estado. Aun así, el testimonio de Andrés en 2008, sumado a las confesiones posteriores de Guillermo, deja bastante claro que en Windsor prefieren guardar el tablero en el armario. Nadie quiere arriesgarse a que la sobremesa navideña acabe peor que una sesión en la Cámara de los Comunes.

Así que la próxima vez que una partida de Monopoly con tu familia termine en gritos por un hotel en la Gran Vía, puedes consolarte con algo. Ni siquiera la realeza británica ha conseguido jugarlo sin que salte la chispa. Según Hello! Magazine, el veto real al Monopoly sigue en pie décadas después. Y si este tipo de rarezas británicas te enganchan, no te pierdas tampoco la guerra de 38 minutos que libró el Reino Unido contra Zanzíbar, la más corta de la historia.

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