Imagina vivir en un pueblo precioso, rodeado de montañas, y no ver el sol directamente sobre tu casa durante casi medio año. No es una metáfora depresiva: es literalmente lo que le pasaba a los 3.400 habitantes de Rjukan, un pueblo noruego encajado en un valle muy estrecho. De septiembre a marzo, las montañas bloquean por completo los rayos del sol. La solución que encontraron, más de cien años después de que alguien la propusiera por primera vez, suena a ciencia ficción: tres espejos gigantes en la ladera de la montaña que le devuelven el sol al pueblo, reflejado.
Un pueblo en el fondo de un vaso
Rjukan se construyó a principios del siglo XX alrededor de una fábrica de fertilizantes que aprovechaba la energía de una cascada cercana. El lugar tenía muchas ventajas industriales, pero una pega enorme: las paredes del valle son tan altas y empinadas que, durante el invierno, el sol nunca llega a asomar por encima de ellas. El resultado es media año de luz gris, indirecta, sin un solo rayo directo tocando las calles del pueblo.
Una idea de 1913 que tardó un siglo en cuajar
Lo curioso es que el problema ya preocupaba a los fundadores del pueblo. En 1913, el ingeniero Sam Eyde, responsable de la fábrica que dio origen a Rjukan, llegó a plantear la idea de colocar espejos en la montaña para desviar la luz solar hacia la plaza. La tecnología de la época no daba para tanto, así que Eyde se conformó con construir un teleférico que llevara a los vecinos hasta un punto alto de la montaña donde sí daba el sol. Y ahí quedó la cosa… durante casi un siglo.
Sin embargo, la idea resucitó en 2005 gracias al artista y vecino Martin Andersen, que retomó el proyecto casi como un capricho personal y consiguió que el ayuntamiento y varias empresas lo tomaran en serio. Ocho años después, el sueño se hizo realidad.
Cómo funcionan los espejos gigantes de Rjukan
El 30 de octubre de 2013 el pueblo encendió sus tres espejos gigantes: heliostatos computerizados de 17 metros cuadrados cada uno, instalados a 450 metros por encima de la plaza mayor del pueblo, a 742 metros sobre el nivel del mar. Cada espejo lleva un motor que lo va inclinando en tiempo real para seguir el movimiento del sol por el cielo, de forma que siempre refleje los rayos exactamente hacia el mismo punto: la plaza del pueblo.
El resultado es un círculo de luz solar de verdad, cálida y directa, de unos 600 metros cuadrados, que se pasea lentamente por la plaza a lo largo del día como si fuera un foco gigante encendido desde el cielo. Cuando se inauguró, decenas de vecinos salieron a tumbarse al sol en pleno noviembre, algunos en bañador y con gafas de sol, solo por la novedad de sentir el calor directo después de años sin él.
¿Merece la pena tanto lío por un rayo de sol?
Para cualquiera que no haya pasado un invierno sin ver el sol, puede sonar exagerado. Pero la falta de luz solar directa afecta de verdad al ánimo y al ritmo circadiano, algo especialmente notado en los países nórdicos. De hecho, los propios vecinos de Rjukan explicaron que el proyecto no iba tanto de calentarse —el efecto práctico en temperatura es mínimo— como de recuperar algo simbólico. Era la sensación de que el sol también existe para ellos en invierno, aunque tenga que llegar rebotado desde una montaña.
Hoy la plaza con los espejos gigantes se ha convertido además en un pequeño reclamo turístico, y el propio pueblo lo cuenta con humor. Tardaron cien años en hacer caso a una idea, pero al final consiguieron, literalmente, fabricarse su propio pedazo de sol. También te puede interesar la historia de Longyearbyen, el pueblo noruego que no permite morir en él. Puedes ver el proyecto de Rjukan documentado con fotos en este reportaje de National Geographic.