En 2016, el paleontólogo David DeMar Jr. iba a gatas por un afloramiento rocoso de Montana buscando fósiles de peces cuando se topó con un nódulo oscuro, rojizo, del tamaño de media pelota de golf. Con una lupa de mano vio algo que no esperaba encontrar ahí: una minúscula pluma fosilizada. Lo que tenía entre las manos no era una roca cualquiera, sino un coprolito —excremento fosilizado— de hace 66 millones de años. Sin saberlo, acababa de convertirse en el hallazgo que hoy ayuda a explicar uno de los grandes misterios de la extinción de los dinosaurios: por qué algunas aves sobrevivieron al asteroide y el resto no.
El estudio, publicado en la revista Current Biology y liderado por la investigadora Jingmai O’Connor del Field Museum de Chicago, ha tardado casi una década en completarse. El motivo es que nadie sabía a ciencia cierta qué escondía aquel nódulo hasta que lo escanearon con microtomografía computarizada en la Universidad del Sur de California. Cada hora de procesamiento de datos revelaba una pluma más, una escama de pez, un huesecillo de pata de ave. Al final, el equipo tenía delante la pluma mejor conservada jamás recuperada de la era de los dinosaurios, atrapada —literalmente— en heces.
Quién se comió a quién
El excremento se formó en la Formación Hell Creek, un yacimiento de Montana muy conocido por sus fósiles de dinosaurios y peces, pero donde nunca antes había aparecido ni una sola pluma. Los investigadores no saben con certeza qué animal lo dejó, pero por su tamaño y contenido sospechan de un Tyrannosaurus rex (el mismo depredador cuyas huellas de 66 millones de años se han hallado recientemente en Dakota) o de su pariente más pequeño, el Nanotyrannus. Dentro había restos de un pez tipo gar y, sobre todo, huesos y plumas de un ave del grupo de los hesperornitiformes. Se trata de parientes extintos de las aves actuales, sin capacidad de vuelo, que buceaban como los somorgujos de hoy en día. En otras palabras: el depredador se comió al ave que dejó la pluma, la digirió y, sin saberlo, la conservó para la posteridad.
Son, de hecho, las primeras plumas de hesperornitiforme jamás identificadas. Además, lo más curioso es que muestran un punto intermedio evolutivo: algunas eran modernas e impermeables, parecidas a las de un ave actual, mientras que otras eran más pequeñas, esponjosas y primitivas, casi como el plumón de dinosaurios más antiguos.
La pluma fosilizada que explica la extinción
Aquí es donde esta pluma fosilizada deja de ser una simple curiosidad escatológica y se vuelve importante. Cuando el asteroide impactó hace 66 millones de años, provocó un invierno de impacto: años de oscuridad, frío y colapso de los ecosistemas. Todos los dinosaurios no aviares desaparecieron, y con ellos la inmensa mayoría de las aves primitivas, incluidos los hesperornitiformes. Solo un grupo, los Neornithes, logró sobrevivir, y de él descienden todas las aves que vemos hoy, desde un gorrión hasta un avestruz.
Según O’Connor, el tipo de plumas que tenían estas aves —y la forma en que las mudaban— pudo ser uno de los factores que decidió quién sobrevivía y quién no. Las plumas más primitivas de los hesperornitiformes, sugiere el estudio, probablemente aislaban peor del frío que el plumaje moderno de las aves que sí lograron pasar la criba. En un mundo que de repente se quedó sin sol, tener un buen abrigo de plumas pudo ser la diferencia entre sobrevivir y desaparecer para siempre.
Es una idea que cambia un poco la pregunta que solemos hacernos sobre las extinciones masivas. No fue solo cuestión de tamaño, de dieta o de suerte. Para un grupo de aves de hace 66 millones de años, puede que todo se redujera a algo tan simple como no tener el plumaje adecuado para pasar el invierno más largo y oscuro de la historia del planeta. Y todo eso lo sabemos gracias a que un tiranosaurio, un día cualquiera del Cretácico, hizo sus necesidades en el lugar equivocado (o el correcto, según se mire, para la ciencia del futuro).
Puedes consultar los detalles completos sobre esta pluma fosilizada en el comunicado oficial del Field Museum.