El planeta más joven del universo pesa como Júpiter

Hay quesos curados con más años que este planeta. A 450 años luz de la Tierra hay un mundo del tamaño de Júpiter. Además, está en la región de formación estelar de Ofiuco. Se trata del planeta más joven jamás confirmado por la ciencia. Tiene menos de un millón de años. En términos cósmicos, es prácticamente un recién nacido llorando en la sala de partos.

El protagonista se llama Elias 2-24 b. Orbita una estrella igual de joven, todavía envuelta en el disco de gas y polvo del que se formó. Además, el planeta no se ha alejado de la mesa del banquete. Sigue «comiendo» activamente material de ese disco mientras termina de formarse, algo así como pillar a un bebé todavía con el cordón umbilical puesto.

Cómo pescaron al planeta más joven con las manos en la masa

La historia empezó hace más de una década. A principios de los años 2010, el radiotelescopio ALMA, en Chile, detectó un hueco extrañamente limpio en el disco de gas y polvo. Ese disco rodea a la estrella Elias 2-24, a unas 55 unidades astronómicas de distancia, más lejos incluso de lo que Neptuno está del Sol. Un hueco así suele ser la huella dactilar de un planeta abriéndose paso a base de gravedad. Sin embargo, durante años nadie logró fotografiar directamente al culpable.

El equipo de astrónomos resolvió el misterio comparando imágenes de archivo del Observatorio Keck, en Hawái. Además, usaron su instrumento de coronografía de vórtice NIRC2, con tomas de 2018 y 2020. Al rastrear el movimiento de un puntito de luz entre ambas imágenes, descartaron que fuera ruido. De hecho, tampoco era una estrella de fondo, sino un planeta real moviéndose exactamente donde debía estar dentro del hueco del disco. El estudio se ha publicado en The Astrophysical Journal Letters, de la mano de un equipo respaldado por la NASA. La técnica recuerda a la que permitió fotografiar por fin la compañera secreta de Betelgeuse, otra vecina cósmica que llevaba años escondida a plena vista.

Un bebé que se salta las normas de crecimiento

Aun así, lo que de verdad ha puesto nerviosos a los astrónomos sobre este planeta más joven no es solo la edad, sino la velocidad. Según los modelos clásicos de formación planetaria, un gigante gaseoso tan lejos de su estrella tarda mucho en formarse. La acreción de núcleo, en concreto, debería necesitar muchísimo más de un millón de años. Este proceso consiste en que un núcleo rocoso va atrayendo gas poco a poco, como una bola de nieve cósmica. Además, a esas distancias el material escasea. Por eso, la teoría rival era la inestabilidad gravitacional, donde el disco entero colapsa de golpe. Durante años, pareció la única candidata para explicar planetas gigantes tan alejados y tan jóvenes.

Sin embargo, Elias 2-24 b parece llevar la contraria a ese guion. Todo indica que se está formando por acreción de núcleo. Eso sí, a una velocidad que nadie creía posible tan lejos de su estrella. Es como descubrir que se puede montar un mueble de IKEA en cinco minutos sin instrucciones. Técnicamente se puede, pero obliga a repensar cuánto tiempo creíamos que hacía falta.

Para los astrónomos, encontrar un planeta «con las manos en la masa» es un regalo poco frecuente. De hecho, lo sorprende literalmente atrapando gas del disco en pleno proceso. Por otro lado, la inmensa mayoría de los exoplanetas se descubren ya adultos, con miles de millones de años encima. Por tanto, tener un ejemplar recién salido del horno es valioso: permite comprobar en tiempo real qué teorías de formación planetaria aguantan y cuáles habrá que revisar. Curiosamente, mientras aquí en la Tierra seguimos discutiendo si Plutón es o no un planeta, a 450 años luz acaba de nacer otro mundo. Ese planeta más joven ya se ha ganado un hueco en los libros de texto.

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