Debajo de su corteza de hielo, la pequeña luna Ariel, uno de los satélites de Urano, pudo esconder en su día un océano escondido de hasta 170 kilómetros de profundidad. Para hacerse una idea: eso es casi veinte veces más profundo que la fosa de las Marianas, el punto más hondo de todos los océanos de la Tierra. Y lo más curioso es que nadie lo sospechó durante casi cuarenta años. Todo cambió cuando un grupo de científicos se puso a mirar con lupa unas fotos tomadas de pasada en 1986.
Una luna que solo hemos visto una vez, y de refilón
Ariel es una de las cinco lunas grandes de Urano, y su currículum como objeto visitado es bastante escueto. La única nave que ha pasado cerca fue la sonda Voyager 2, y ni siquiera se detuvo a mirar bien. En su sobrevuelo de Urano en 1986, la sonda fotografió menos de la mitad de la superficie de Ariel antes de seguir su camino hacia Neptuno. Desde entonces, esas imágenes en blanco y negro, granuladas y parciales, son literalmente todo lo que la humanidad tiene de esta luna.
Un equipo liderado por Caleb Strom, recién graduado de la Universidad de Dakota del Norte, trabajó junto a investigadores del Planetary Science Institute. También colaboró el Laboratorio de Física Aplicada de Johns Hopkins. Por eso, decidieron que con esas fotos bastaba para reconstruir el pasado geológico de Ariel a partir de las grietas y crestas que se ven en su superficie. Además, el trabajo se ha publicado en la revista científica Icarus.
Lo que las grietas revelan sobre el océano escondido de Ariel
La superficie de Ariel está surcada por enormes cañones y fracturas. Según el equipo, estas no se forman así como así: hacen falta fuerzas de marea muy potentes empujando y estirando el hielo desde dentro. Los investigadores usaron un modelo informático de tensiones de marea. Con él calcularon que, para producir ese patrón de grietas, la órbita de Ariel tuvo que ser en el pasado mucho más excéntrica —más ovalada— que ahora. En concreto, unas 40 veces más que su excentricidad actual.
Una órbita así de “achatada” significa que Urano estiraba y comprimía la luna en cada vuelta, generando fricción y calor internos. De hecho, es el mismo mecanismo que mantiene líquido el océano de Europa, la luna de Júpiter. Ese calentamiento por marea, según el modelo, habría sido suficiente para derretir una capa de hielo y sostener un océano líquido bajo la superficie. Este océano escondido llegó a representar en torno al 55% del volumen total de la luna. Pudo seguir existiendo hasta hace apenas mil millones de años, un suspiro en términos geológicos.
No está sola: el caso de Miranda
Ariel no es la única sospechosa. Otra luna de Urano, Miranda, muestra un tipo de terreno retorcido y deformado. Asimismo, otros estudios atribuyen ese relieve a un pasado con calentamiento de marea intenso, posiblemente con su propio océano oculto. Si dos de las cinco lunas grandes de Urano guardan ese historial, la pregunta lógica es cuántas más del sistema pudieron tener un océano escondido similar en el pasado.
El problema es que, con una sola visita fugaz de hace cuatro décadas, es imposible confirmarlo del todo. Como resume uno de los investigadores del equipo: “al final, lo que necesitamos es volver al sistema de Urano y comprobarlo por nosotros mismos”. Por eso, la comunidad científica lleva años pidiendo una misión dedicada a Urano y sus lunas. Estudios como este —que exprimen hasta la última gota de información de unas fotos de 1986— son, de momento, nuestra mejor pista. Ahí fuera, en los confines helados del sistema solar, podría haber (o haber habido) más agua líquida de la que imaginábamos.
Puedes consultar los detalles del estudio en el blog del Planetary Science Institute. Si te interesa el sistema de Urano, también contamos cómo se descubrió el decágono gigante que apareció en el polo sur de Saturno.