La ola de melaza que mató a 21 personas en Boston (y por qué era imposible correr)

El 15 de enero de 1919, en el barrio bostoniano de North End, una ola de más de cuatro metros de altura arrasó calles enteras a unos 55 kilómetros por hora. No era agua, ni siquiera un líquido cualquiera: era melaza. Más de 8,7 millones de litros de un jarabe oscuro y pegajoso escaparon de un tanque reventado y mataron a 21 personas. Sí, has leído bien: la melaza —ese ingrediente que asociamos con galletas y repostería— protagonizó uno de los desastres industriales más extraños (y letales) de la historia de Estados Unidos.

Un tanque que nunca debió construirse así

El culpable fue un depósito de acero de 15 metros de altura propiedad de la Purity Distilling Company, filial de la U.S. Industrial Alcohol Company, que usaba la melaza para producir alcohol industrial (y, durante la Ley Seca que estaba a punto de entrar en vigor, ron). El tanque se había construido a toda prisa años antes, sin que nadie comprobara si el acero aguantaría la presión del líquido a plena capacidad. Nunca lo hizo: cada vez que lo llenaban del todo, la estructura crujía y perdía melaza por las juntas, y la empresa respondió… pintándolo de marrón para disimular las fugas, según recoge Boston.gov en su repaso histórico del desastre.

Dos días antes de la catástrofe había llegado un cargamento de melaza caliente procedente del Caribe, que se sumó a lo que ya había en el tanque. Con el brusco cambio de temperatura de aquel mes de enero y la presión acumulada, los remaches cedieron de golpe. Los testigos —muchos de ellos veteranos recién vueltos de la Primera Guerra Mundial— dijeron que el sonido de los remaches saliendo disparados fue idéntico al de una ráfaga de ametralladora.

Por qué una ola de sirope mató a 21 personas

Aquí es donde la cosa se pone realmente interesante. En 2016, un equipo de investigadores de Harvard (Nicole Sharp, Jordan Kennedy y Shmuel Rubinstein) reconstruyó el desastre en laboratorio para entender por qué fue tan mortífero, haciendo correr sirope de maíz frío por una maqueta a escala del barrio dentro de una cámara refrigerada, según describe el resumen de su investigación recogido por ScienceDaily.

La clave está en que la melaza es un fluido no newtoniano: su viscosidad cambia según la fuerza que se le aplica. Nada más romperse el tanque, la melaza —todavía relativamente caliente— se comportó casi como agua durante el primer medio minuto, formando un auténtico tsunami que arrasó edificios, vagones de tren y la estación de bomberos local. Pero según avanzaba por las calles heladas de enero, se fue enfriando y espesando de golpe, hasta volverse tan densa como el cemento fresco. Las víctimas que habían logrado sobrevivir al impacto inicial quedaron literalmente atrapadas en el jarabe, incapaces de moverse mientras este se solidificaba a su alrededor, lo que convirtió las tareas de rescate en una pesadilla que se prolongó durante días.

El juicio que cambió la ingeniería de Boston

El caso judicial posterior fue uno de los más largos de la historia de Massachusetts hasta entonces: seis años de investigación, más de 3.000 testigos y 45.000 páginas de testimonio. Un auditor especial concluyó que el tanque jamás debió aprobarse tal y como se construyó, y la empresa tuvo que indemnizar a las víctimas. El desastre tuvo además una consecuencia duradera: ciudades como Boston empezaron a exigir que los planos de grandes estructuras industriales fueran revisados y firmados por ingenieros colegiados antes de construirse, una práctica que hoy damos por sentada.

Más de un siglo después, los vecinos más veteranos del North End todavía aseguran que, en los días calurosos de verano, se puede notar un leve olor dulce flotando en el aire cerca de donde estuvo el tanque. Probablemente sea solo leyenda urbana… pero es la clase de leyenda que, después de conocer la historia real, apetece creerse un poco.

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