El monje que voló con alas caseras en 1005 y luego descubrió el cometa Halley 700 años antes que Halley

Hacia el año 1005, un monje benedictino inglés se subió a la torre más alta de la abadía de Malmesbury, se ató unas alas de madera y tela a las manos y los pies, respiró hondo y saltó al vacío. Se llamaba Eilmer y, contra todo pronóstico, funcionó: planeó durante más de 200 metros antes de estrellarse contra el suelo. Lo curioso no es solo que un monje medieval intentara volar seis siglos antes que Leonardo da Vinci dibujara sus máquinas voladoras. Lo curioso es que, décadas más tarde, el mismo hombre protagonizó otro hallazgo casi tan asombroso: fue de los primeros humanos en la historia en entender que los cometas vuelven.

El salto que le rompió las piernas (y le dejó cojo de por vida)

Todo lo que sabemos de Eilmer procede de un único cronista: William de Malmesbury, historiador medieval que escribió sobre él en su obra Gesta regum Anglorum hacia 1125, apoyándose en testimonios de gente que había conocido a Eilmer ya anciano. Según ese relato, el monje se lanzó desde lo alto de la torre de la abadía aprovechando el viento, y logró planear «más de un estadio» (unos 201 metros, la distancia de un furlong) antes de perder el control y caer.

El aterrizaje no fue precisamente suave: se rompió las dos piernas y quedó cojo el resto de su vida. Lo mejor de la historia es su propia explicación del fracaso, recogida también por el cronista: Eilmer estaba convencido de que había fallado por un detalle muy concreto… se le había olvidado ponerse cola, como a los pájaros. No por falta de sustentación, ni por la técnica del salto: por no llevar rabo. Doscientos metros planeando con alas caseras en pleno siglo XI y su gran conclusión de ingeniería fue esa.

El mismo monje, otro descubrimiento adelantado a su tiempo

Ahí podría acabar la historia de un fraile temerario con mala suerte. Pero Eilmer reaparece más de sesenta años después, ya anciano, contemplando el cielo de 1066 cuando un cometa brillante cruzó Inglaterra justo antes de la batalla de Hastings (ese mismo cometa quedaría inmortalizado poco después en el tapiz de Bayeux). Según el relato de William de Malmesbury, Eilmer no se limitó a asustarse como el resto: reconoció el cometa. Lo había visto antes, en 989, cuando era joven, y entendió que se trataba del mismo objeto regresando al cielo.

Una investigación publicada en 2026 por el astrofísico Simon Portegies Zwart, de la Universidad de Leiden, ha revisado esta conexión con más detalle. El intervalo entre las dos apariciones que describe la crónica —989 y 1066— son 77 años, prácticamente idéntico al periodo real del cometa Halley, de unos 76 años. Es decir: Eilmer no solo vio pasar el cometa dos veces, sino que llegó a la conclusión correcta de que los cometas no son apariciones únicas, sino objetos que vuelven de forma periódica. Ese es exactamente el razonamiento que, casi 700 años después, le valdría a Edmond Halley pasar a la posteridad prediciendo en 1705 el regreso del cometa que hoy lleva su nombre.

¿Por qué entonces no se llama «cometa Eilmer»?

Sencillamente porque Halley hizo algo que Eilmer no pudo hacer: calcular la órbita con matemáticas newtonianas y publicar una predicción verificable, que se cumplió en 1758, dieciséis años después de su muerte. Eilmer tuvo la intuición correcta con las herramientas de un monasterio medieval —observación, memoria y sentido común—, pero no disponía de la física necesaria para demostrarlo. Aun así, los propios autores del estudio sugieren que, al menos desde el punto de vista histórico, merece la pena reconocer que la idea de que los cometas regresan no nació con Halley.

Al final, la vida de Eilmer resume bastante bien lo que significa ser un pionero: acertar de pleno en dos ocasiones —que se puede volar con las alas adecuadas y que un cometa puede repetir su visita— y que la historia se acuerde de él sobre todo por las piernas rotas y por olvidarse el rabo.

Puedes leer más sobre esta investigación en Universe Today.

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