La maniobra «Big Bang» que le acaba de comprar un año más de vida a la Voyager 2

El 9 de julio de 2026, un equipo de ingenieros del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA envió una orden a una nave que lleva volando desde 1977. El mensaje tardó unas 19 horas en llegar a su destino, y otras 19 en volver la confirmación de que había funcionado. No había margen para el ensayo previo: si algo salía mal, no habría manera de repararlo. La operación se llamaba, con bastante sentido del humor para tratarse de la NASA, «Big Bang», y acababa de comprarle a la sonda Voyager 2 al menos un año más de vida científica.

Una nave que se está quedando sin pilas, literalmente

Voyager 2 no funciona con paneles solares —a esa distancia el Sol es apenas un punto brillante más— sino con un generador termoeléctrico de radioisótopos (RTG), una especie de batería nuclear que convierte en electricidad el calor que desprende el plutonio-238 al desintegrarse. El problema es que ese plutonio se agota poco a poco, y con él la potencia disponible: la nave pierde alrededor de 4 vatios cada año, para siempre, sin posibilidad de recambio.

Desde su lanzamiento, la NASA ha ido apagando instrumentos y sistemas no esenciales para estirar la energía que queda, como quien va desconectando electrodomésticos en casa para no fundir los plomos. El problema es que a estas alturas ya casi no queda nada que apagar sin sacrificar ciencia real: sin una solución, Voyager 2 iba a tener que perder otro de sus instrumentos activos antes de que terminara 2026.

El truco: apagar cosas para poder mantener otras encendidas

Ahí es donde entra el «Big Bang». En una maniobra coordinada al milímetro, el equipo apagó a la vez dos calefactores y una grabadora de cintas que llevaba décadas sin usarse para guardar datos —se mantenía encendida solo por el calor residual que aportaba a la electrónica cercana— y, al mismo tiempo, activó otros componentes de repuesto para no dejar nada por debajo de su temperatura mínima de supervivencia. El resultado neto: casi 10 vatios liberados de golpe, suficientes para mantener con vida los tres instrumentos científicos que le quedan a la sonda —el magnetómetro, el subsistema de ondas de plasma y el detector de rayos cósmicos— durante, como mínimo, un año más.

Lo llamativo es que todo esto se hizo a ciegas, en el sentido más literal: al estar Voyager 2 tan lejos, no hay manera de simular la operación en tierra con el hardware real antes de lanzarla. Los ingenieros trabajaron sobre planos de una nave diseñada hace casi cinco décadas, con documentación de la era pre-internet, confiando en cálculos y en la memoria de quienes aún recuerdan cómo se construyó aquello.

Casi 50 años y 21.000 millones de kilómetros después

Voyager 2 se lanzó el 20 de agosto de 1977 y hoy se encuentra a unos 143 UA del Sol —más de 21.000 millones de kilómetros—, en el espacio interestelar, más allá de la influencia directa del viento solar. Es, junto a su gemela Voyager 1, el objeto hecho por el ser humano que más lejos ha llegado jamás. Y sigue, contra todo pronóstico, enviando datos científicos reales sobre cómo es el espacio entre las estrellas.

La buena noticia no termina aquí: el equipo de la misión ya prepara una maniobra parecida para Voyager 1, que este mismo 2026 se convertirá en el primer objeto humano en superar la distancia de un día luz respecto a la Tierra. Si el truco vuelve a salir bien, no es descabellado pensar que alguna de las dos Voyager —lanzadas cuando ni existía internet ni el teléfono móvil— siga mandando señales bien entrados los años 2030, casi como esa vieja nevera de la abuela que, contra toda lógica, se niega a dejar de funcionar.

Puedes leer más detalles técnicos de la maniobra en este reportaje de Popular Science.

Deja un comentario