El dodo no era torpe: sus cráneos revelan un olfato excelente y hábitos casi nocturnos

Durante siglos, el dodo ha sido la mascota oficial de la torpeza. Su nombre se convirtió en sinónimo de «tonto» en varios idiomas, y su imagen popular es la de un pajarraco gordo, ciego y patoso que ni siquiera fue capaz de esquivar a los marineros que lo extinguieron. Pues bien, un equipo internacional de paleontólogos acaba de escanear los dos únicos cráneos completos de dodo que existen en el mundo, y los resultados obligan a reescribir bastante esa fama: el ave tenía un olfato notable, un pico convertido en un auténtico sensor táctil y, probablemente, hábitos crepusculares dignos de un búho.

Dos cráneos para resolver 350 años de dudas

El Raphus cucullatus se extinguió en la isla de Mauricio a finales del siglo XVII, y de él apenas quedan un puñado de huesos sueltos y algunos dibujos de época poco fiables (muchos hechos a partir de ejemplares disecados y mal montados, que es de donde viene buena parte del mito del ave torpe). Por eso, tener acceso a los dos únicos cráneos completos de dodo conocidos —uno conservado en el Museo de Historia Natural de Dinamarca y otro en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford— es un lujo casi arqueológico.

El equipo, liderado por investigadores de la Universidad de Lethbridge (Canadá) junto a colegas de Dinamarca, la Smithsonian y otras instituciones, sometió ambos cráneos a tomografías computarizadas de alta resolución. Con esos datos reconstruyeron en 3D el espacio que ocupaba el cerebro del animal —lo que se conoce como «endocast»— y lo compararon con el de 36 especies actuales de palomas y tórtolas, sus parientes vivos más cercanos. También incluyeron en el análisis al solitario de Rodrigues, el otro gran pariente extinto del dodo, igualmente incapaz de volar y extinguido pocas décadas después.

Una nariz mucho mejor de lo esperado

El primer hallazgo sorprendente: las zonas del cerebro dedicadas al olfato eran, proporcionalmente, más grandes en el dodo que en la mayoría de palomas modernas. Esto sugiere que el ave dependía bastante más del olfato para localizar comida —frutos caídos, semillas, quizá pequeños animales— de lo que se pensaba para un ave de su familia, en la que el olfato suele ser secundario frente a la vista.

El pico también cuenta su propia historia. Su gran tamaño y la disposición de las aberturas nerviosas indican que estaba densamente inervado, funcionando como una especie de «mano» sensorial capaz de detectar texturas y objetos por tacto, no solo de golpear y tragar. Es decir: el dodo probablemente palpaba su comida antes de decidir si merecía la pena comérsela, un poco como hacen hoy los kiwis neozelandeses con su pico largo y sensible.

¿Un ave que prefería el amanecer y el anochecer?

La parte más llamativa del estudio tiene que ver con la vista. Los lóbulos ópticos —la región cerebral que procesa la información visual— eran más de tres veces más pequeños, en proporción al resto del cerebro, que los de la paloma nicobar, su pariente vivo más cercano. En el mundo animal, un lóbulo óptico reducido suele ir de la mano de una menor dependencia de la vista y una mayor actividad en condiciones de poca luz. Los autores del estudio plantean que el dodo pudo haber sido un animal de hábitos crepusculares, activo sobre todo al amanecer y al anochecer, apoyándose en el olfato y el tacto del pico más que en los ojos para moverse por la espesura de Mauricio.

Nada de esto encaja con la imagen de bicho torpe y despistado que arrastra desde el siglo XVIII. Al contrario: describe un animal bien adaptado a un nicho ecológico muy concreto —una isla sin depredadores terrestres, con sotobosque denso y comida en el suelo— y con un cerebro especializado en los sentidos que de verdad le servían para sobrevivir allí. El problema no fue su inteligencia ni sus sentidos, sino que ese nicho tan cómodo lo dejó completamente indefenso cuando llegaron los humanos, las ratas y los cerdos que trajeron consigo.

El estudio, titulado «The sensory world of the Dodo and Solitaire revealed by endocast and skull anatomy», se ha publicado en la revista Zoological Journal of the Linnean Society. Puede que la próxima vez que alguien llame «dodo» a otra persona para decirle que es torpe, convenga recordarle que el animal original tenía mejor olfato que una paloma y un pico más sensible que muchos detectores de metales.

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