Desde 1989, los hidrófonos militares del Pacífico Norte llevan captando la voz de una ballena que canta a una frecuencia que ninguna otra ballena usa. No es un fallo del aparato: es real, se repite temporada tras temporada, y en más de tres décadas nadie ha visto jamás al animal que la produce. La ciencia la conoce como la ballena de 52 hercios, y su historia tiene un giro reciente que merece la pena contar.
Una voz que nadie reconoce
El hallazgo empezó, como tantas cosas de la Guerra Fría, en secreto. La red SOSUS, un sistema de hidrófonos que la Marina de Estados Unidos instaló en el fondo del Pacífico para detectar submarinos soviéticos, captaba de fondo un sonido extraño: gemidos de ballena de entre cinco y siete segundos, repetidos en pequeñas series, a una frecuencia media de 51,75 hercios, según los registros del laboratorio de acústica marina de la NOAA. Cuando parte de esos datos se desclasificaron, los biólogos marinos pudieron por fin ponerse a investigar.
El bioacústico William Watkins, del Woods Hole Oceanographic Institution, siguió esa voz durante doce años, de 1992 a 2004, y publicó sus resultados en la revista Deep-Sea Research. La conclusión fue tan simple como desconcertante: el patrón migratorio de la ballena coincidía con el de las ballenas azules y los rorcuales comunes —se mueve cada año entre las islas Aleutianas y Kodiak, en Alaska, y la costa de California—, pero su canto no se parecía al de ninguna de las dos especies.
Cantando en otro tono
Para hacerse una idea de cuánto desentona: las ballenas azules cantan típicamente entre 10 y 39 hercios (las del Atlántico rondan los 19), y los rorcuales comunes se mueven alrededor de los 20. Nuestra protagonista canta a más del doble de esa frecuencia. Es, dicho llanamente, la única voz aguda en un coro de bajos. Y aquí viene lo curioso: aunque su llamada es distinta, sigue estando dentro del rango de audición de las demás ballenas grandes. No es que hable un idioma que nadie pueda oír, es que cantan géneros distintos y, de momento, nadie le ha seguido el ritmo.
Con los años, además, su tono ha ido bajando poco a poco, desde los 52 hercios originales hasta rondar hoy los 47. Es un fenómeno que también se ha observado, a menor escala, en otras poblaciones de ballenas, y que suele asociarse al crecimiento del animal: los cantos de las ballenas tienden a hacerse más graves a medida que maduran, así que es un indicio, entre otros, de que sigue viva y de que probablemente ya alcanzó su tamaño adulto hace tiempo.
¿De verdad está sola?
En 2021, un equipo de investigadores organizó una expedición —documentada en la película The Loneliest Whale: The Search for 52— para intentar localizarla por primera vez con los propios ojos. No lo consiguieron: encontrar un solo animal en millones de kilómetros cuadrados de océano, guiándose solo por un sonido, es buscar una aguja en un pajar del tamaño de un continente.
Lo interesante llegó después. Analizando de nuevo el material grabado durante esa expedición, los científicos identificaron una ballena con un canto atípico —posiblemente un híbrido entre ballena azul y rorcual común, algo raro pero documentado— nadando junto a un grupo de entre 15 y 25 ballenas azules, e incluso emparejada de forma estrecha con otro individuo. No hay certeza de que sea la misma 52 hercios original, pero la posibilidad ha obligado a replantear el mito: puede que esta ballena nunca haya estado tan sola como su leyenda sugiere. Puede, simplemente, que llevara treinta años cantando desafinada en compañía, mientras el resto del mundo se emocionaba imaginándola sola en la inmensidad.
Sea como sea, sigue ahí fuera, cantando cada temporada a su manera, y los hidrófonos de la NOAA la siguen escuchando. A veces las historias más conmovedoras del océano no tratan de encontrar respuestas, sino de aceptar que quizá estábamos escuchando mal la pregunta.