La isla que cambia de dueño dos veces al año desde hace más de 350 años

Hay un trozo de tierra en Europa que cambia de país dos veces al año, sin guerra, sin referéndum y sin que casi nadie se entere. Se llama Isla de los Faisanes (o Île des Faisans, según toque), mide poco más que un campo de fútbol y lleva perteneciendo a la vez a España y a Francia desde 1659. No es una isla en disputa: es una isla compartida a propósito, y ese reparto lleva funcionando más de 350 años sin un solo incidente diplomático.

Está en mitad del río Bidasoa, justo en la frontera natural entre Irún (España) y Hendaya (Francia), y no vive nadie en ella. De hecho, ni se puede visitar: ambos países la mantienen cerrada al público. Pero cada seis meses ocurre algo que no pasa en ningún otro lugar del planeta.

Un reparto que se firmó para acabar una guerra

La isla se convirtió en territorio compartido tras el Tratado de los Pirineos, el acuerdo que en 1659 puso fin a 24 años de guerra entre España y Francia. Las delegaciones de ambos reinos se reunieron precisamente en ese islote neutral, en medio del río, para negociar y firmar la paz, y un año después volvió a ser escenario de otro momento histórico: la boda por poderes de Luis XIV de Francia con la infanta española María Teresa de Austria, que sellaba el tratado con una alianza real.

Como ninguno de los dos reinos quiso ceder la isla al otro, se decidió algo insólito para la época: compartirla. Y desde entonces, la Isla de los Faisanes es lo que los juristas llaman un condominio, un territorio bajo soberanía conjunta de dos estados. Es, según reconoce la propia isla en los registros históricos, el condominio más antiguo del mundo que sigue vigente.

Seis meses cada uno, con ceremonia incluida

El reparto del tiempo es simple pero se cumple a rajatabla: España administra la isla del 1 de febrero al 31 de julio, y Francia se hace cargo del 1 de agosto al 31 de enero. El cambio de mando no es silencioso. Dos veces al año, oficiales de la Armada española y de la Marina francesa se desplazan hasta el islote, arrían la bandera del país saliente, izan la del entrante y firman el acta de traspaso, tal y como recoge la entrada dedicada a la isla en Wikipedia.

Es, en la práctica, el cambio de soberanía más tranquilo del mundo: dura unos minutos, no sale en las noticias y los únicos testigos suelen ser un puñado de militares y, a veces, algún curioso con prismáticos desde una orilla del río.

Una isla que se hace pequeña

El islote apenas mide unos 200 metros de largo por 40 de ancho, y su punto más alto no llega a los 6 metros sobre el agua. El propio río que la creó la está erosionando poco a poco, así que las autoridades de ambos países han tenido que reforzar sus orillas con muros de contención para evitar que, con el tiempo, la corriente se la lleve por delante. Sería una forma bastante anticlimática de terminar 350 años de reparto pacífico: no por un conflicto, sino porque el río se comió el territorio en disputa.

Hoy la isla no tiene ningún uso práctico más allá del simbólico, pero justo por eso resulta tan llamativa: en un mundo donde las fronteras suelen ser motivo de tensión, este pequeño banco de arena en el Bidasoa demuestra que dos países pueden turnarse la soberanía de un territorio durante siglos sin que nadie se pelee por ello. Solo hace falta ponerse de acuerdo una vez… y luego cumplirlo religiosamente cada seis meses.

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