Isla de los Faisanes: mitad española, mitad francesa

En medio del río Bidasoa, justo donde España y Francia se miran de frente entre Irún y Hendaya, hay un islote de apenas 6.800 metros cuadrados —más o menos como una manzana de casas pequeña—. No pertenece del todo a ningún país. Se llama Isla de los Faisanes, y pertenece a los dos, pero nunca al mismo tiempo. Del 1 de febrero al 31 de julio es territorio español. Del 1 de agosto al 31 de enero, francés. Y así, sin descanso, desde hace más de 360 años.

La Isla de los Faisanes, el condominio más antiguo del mundo

La Isla de los Faisanes (o Île des Faisans, según el lado desde el que la mires) es, oficialmente, el condominio más antiguo del mundo. Se trata de un territorio bajo soberanía compartida entre dos estados. Lo curioso es que casi todos los demás condominios de la historia reparten el poder de forma simultánea. Este, en cambio, es el único que lo hace por turnos, como si dos vecinos se pasaran las llaves de una casa que nadie habita.

Cada seis meses, el 1 de febrero y el 1 de agosto, un pequeño grupo de autoridades navales y militares de ambos países se reúne en la isla. Normalmente no se puede acceder a ella, ni siquiera desde las orillas, pero ese día acoge una ceremonia breve y muy protocolaria. Se arría una bandera, se iza la otra, se firma un acta y listo. Todo el proceso dura escasos minutos. Sin embargo, se lleva haciendo con esa misma solemnidad desde el siglo XVII, sobreviviendo a guerras y revoluciones. La isla, de hecho, está deshabitada y solo se puede visitar con permisos especiales muy contados días al año.

Un tratado de paz y una boda real

El origen de este reparto tan singular está en el Tratado de los Pirineos, firmado precisamente en ese islote el 7 de noviembre de 1659. Ese tratado puso fin a 24 años de guerra entre España y Francia. Además, como parte del acuerdo, se pactó también el matrimonio entre el rey Luis XIV de Francia y la infanta española María Teresa de Austria. La boda se celebró allí mismo, el 9 de junio de 1660. Para evitar disputas sobre a quién pertenecía el lugar donde se había sellado la paz, ambas coronas decidieron que fuera de las dos. Así, ninguna cedía terreno ni perdía prestigio: soberanía compartida y en paz.

La boda que le costó la vida al pintor de la corte

Aquí viene la parte que pocas guías turísticas cuentan. La organización del encuentro real de 1660 —con su pabellón de gala, decorados, banquetes, vestuario y hasta el paisajismo de la isla— recayó en un nombre que sí conoces: Diego Velázquez. El pintor de Las Meninas ejercía entonces como aposentador mayor de Felipe IV. Durante casi dos meses se dejó la piel supervisando cada detalle del montaje, viajando de un lado a otro entre Madrid y la frontera. La ceremonia salió perfecta. Velázquez volvió a Madrid agotado y, apenas unas semanas después, el 6 de agosto de 1660, murió. Por tanto, muchos historiadores señalan el esfuerzo acumulado en aquellas semanas como el detonante final de su muerte, a los 61 años.

No fue la única boda real que se celebró en ese pedacito de río. En 1615 ya se había usado como escenario neutral para el doble enlace entre Luis XIII de Francia y Ana de Austria, y entre Isabel de Borbón y el futuro Felipe IV. De hecho, durante siglos, cuando España y Francia necesitaban un lugar donde ninguna de las dos coronas estuviera «en casa ajena», el río Bidasoa y su islote hacían el resto.

Un símbolo diminuto que sigue funcionando

Hoy la Isla de los Faisanes no tiene ninguna utilidad práctica: no hay casas, ni comercio, ni turismo masivo, ni disputas territoriales que resolver. Y quizás por eso sigue viva la tradición: no cuesta nada mantenerla, y simboliza algo que en pleno siglo XXI sigue sin ser tan habitual. Es decir, dos países que, en vez de pelear por un metro cuadrado de tierra, se lo turnan como quien comparte el mando a distancia. Naiz recogió el último traspaso de soberanía, con el ritual intacto tres siglos y medio después, en este reportaje sobre el condominio más pequeño del mundo.

Así que la próxima vez que cruces la frontera entre Irún y Hendaya, mira hacia el río. Ese trocito de tierra con árboles, que apenas se distingue desde la carretera, cambia de pasaporte cada seis meses, sin pedirle permiso a nadie más que a la tradición. Por cierto, si te gustan las fronteras con anécdota, la guerra de 38 minutos entre Reino Unido y Zanzíbar es de la misma cuerda.

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