En 2024, Joël Lapointe solo quería encontrar un buen sitio para plantar la tienda de campaña en la remota región de Côte-Nord, en Quebec (Canadá). Abrió los mapas por satélite para echar un vistazo al terreno alrededor del lago Marsal y se topó con algo que no encajaba. Era un anillo casi perfecto de unos 25 kilómetros de diámetro, dibujado en el paisaje como si alguien lo hubiera trazado con compás. Lapointe, aficionado a la astronomía, sospechó que aquello no era un simple capricho de la erosión. Podía ser un cráter de meteorito.
En vez de dejarlo pasar, escribió a especialistas de Europa y Norteamérica para contarles lo que había visto. La idea no era descabellada. La Tierra conserva poco más de 200 cráteres de impacto confirmados, un número sorprendentemente bajo si se piensa en los miles de millones de años que lleva recibiendo pedradas del espacio. Además, los geólogos calculan que cientos más siguen escondidos, borrados a medias por la vegetación, la erosión glaciar o, sencillamente, porque nadie ha mirado con la suficiente atención ese trozo de mapa.
El viaje en hidroavión que lo confirmó
No fue hasta octubre de 2025 cuando un equipo de investigadores —entre ellos el geólogo Gordon Osinski y el geofísico francés Pierre Rochette— consiguió llegar hasta la zona, y tuvo que hacerlo en hidroavión. De hecho, la región es tan remota que no existe otra forma práctica de acceder. Lo primero que encontraron al aterrizar fueron enormes acantilados de roca fundida por impacto, un material que se forma cuando el calor liberado en la colisión derrite literalmente parte del terreno.
La prueba definitiva llegó al segundo día de expedición, cuando el equipo dio con conos de fractura (shatter cones). Se trata de unas estructuras estriadas, en forma de cono, que solo se generan bajo la presión brutal de una onda de choque, ya sea la de un impacto de meteorito o la de una explosión nuclear subterránea. No hay ningún proceso geológico “normal” —ni volcánico, ni erosivo— capaz de producirlas, así que su hallazgo funciona casi como una firma inconfundible que certifica el origen del cráter.
Un cráter de meteorito de 390 millones de años
Con esa evidencia en la mano, los investigadores pudieron fechar el impacto. Ocurrió hace aproximadamente 390 millones de años, en pleno periodo Devónico, cuando los primeros bosques apenas empezaban a colonizar la tierra firme y los vertebrados terrestres todavía eran una rareza evolutiva. Este cráter de meteorito recibió el nombre de Uhackatik, elegido en consulta con el Consejo Innu de Ekuanitshit, ya que la zona forma parte de las tierras tradicionales de esta comunidad indígena.
Lo más llamativo del caso es que, durante casi cuatro décadas de imágenes satelitales disponibles gratis para cualquiera con conexión a internet, ese anillo de 25 kilómetros estuvo ahí, a la vista, esperando a que alguien lo mirara con la pregunta correcta en la cabeza. Además, no hizo falta un telescopio espacial, ni un satélite de la NASA, ni tampoco una expedición financiada con millones. Bastó con planificar una acampada y fijarse en una forma que no terminaba de encajar con el resto del paisaje.
La ciencia ciudadana también encuentra cráteres
El hallazgo de Lapointe se suma a una lista creciente de descubrimientos hechos por aficionados que revisan mapas satelitales por afición, no por trabajo. Tampoco es la primera vez que el planeta guarda sorpresas de este calibre: hace poco, unas huellas de T. rex salieron a la luz 66 millones de años después de haberse formado. Y es que, aunque la superficie terrestre lleva décadas siendo fotografiada desde el espacio en alta resolución, todavía guarda sorpresas geológicas para quien esté dispuesto a mirarla dos veces. Así que la próxima vez que planifiques una ruta o busques un sitio para acampar en el mapa, quién sabe qué otro cráter de meteorito podría esconderse bajo un lago con forma un poco demasiado redonda.
Puedes consultar todos los detalles del hallazgo, incluidas las declaraciones de los investigadores, en el artículo original de ScienceDaily.