Piedras que caminan solas: el misterio de Death Valley

Hay un rincón del desierto de Death Valley, en California, con piedras que caminan solas sobre el barro seco. No es una leyenda de senderismo ni un efecto óptico. De hecho, cientos de rocas, algunas de más de 300 kilos, dejan tras de sí surcos larguísimos en el barro seco. Parece que alguien las arrastrara durante la noche, pero nadie las ha visto moverse jamás a simple vista. Y durante más de setenta años, ni la ciencia supo explicar cómo lo hacían.

El lugar se llama Racetrack Playa, un lago seco y perfectamente plano dentro del Parque Nacional de Death Valley. Desde los años 40 del siglo pasado, geólogos y curiosos documentaron los rastros. Las líneas eran rectas, curvas o en zigzag, y algunas alcanzaban varios cientos de metros. Todas terminan en una piedra completamente inmóvil. El misterio dio para de todo: desde teorías serias sobre viento y hielo hasta explicaciones más disparatadas. Además, no faltaron los imanes, los extraterrestres y alguna broma cósmica del desierto.

Setenta años buscando al culpable

El problema es que Racetrack Playa es un sitio hostil y remoto. Hace un calor extremo la mayor parte del año y apenas llueve. Sin embargo, cuando llueve, las condiciones cambian en horas. Vigilar una roca durante meses, esperando a que decida moverse, no es un plan de investigación cómodo. Así que el fenómeno se quedó, durante décadas, en el limbo de «seguramente es el viento». Nadie, sin embargo, pudo demostrarlo.

La solución llegó en 2014, cuando un equipo liderado por el paleobiólogo Richard Norris decidió dejar de esperar al azar. De hecho, Norris trabajaba en la Scripps Institution of Oceanography, de la Universidad de California en San Diego. En su lugar, montó un pequeño operativo de vigilancia. Instalaron GPS de alta precisión en 15 piedras y una estación meteorológica con cámaras de lapso de tiempo apuntando a la playa. Solo hacía falta paciencia, y que las condiciones exactas se dieran de una vez. Observar piedras que caminan solas exige, de hecho, mucha espera.

La respuesta: hielo, no fantasmas

Y se dieron. En un invierno especialmente lluvioso, la playa se cubrió de una capa de agua. Era lo bastante profunda. Por eso, en las noches frías, se formaba una fina lámina de hielo sobre la superficie. Aun así, era lo bastante poco profunda como para dejar las piedras parcialmente expuestas. A la mañana siguiente, el sol empezaba a derretir el hielo, y este se fragmentaba en placas grandes y delgadas. Además, los investigadores las bautizaron como «hielo de ventana». Incluso una brisa suave, de apenas 3 a 5 metros por segundo, era capaz de empujarlas sobre el barro resbaladizo.

Cada placa de hielo actuaba como una vela que empujaba la roca enganchada a ella. La arrastraba centímetros o metros según la fuerza del viento. Mientras tanto, la piedra grababa su propio recorrido en el fango blando de debajo. Por tanto, el equipo de Norris registró todo: piedras moviéndose a paso de tortuga y cambiando de dirección con las ráfagas. Se detenían, eso sí, en cuanto el hielo se derretía del todo. Ninguna magia, ningún imán, ningún extraterrestre aburrido: solo física de manual. Todo, combinado con la paciencia de esperar el día exacto en que encajara.

Por qué las piedras que caminan solas siguen fascinando

Lo curioso es que el mecanismo ya está resuelto desde hace más de una década. Aun así, el fenómeno en sí sigue siendo asombrosamente raro de presenciar. Hacen falta, a la vez:

  • Lluvia suficiente para inundar levemente la playa, algo que en uno de los lugares más secos de Norteamérica no es nada frecuente.
  • Una helada nocturna justa para formar hielo fino, ni demasiado grueso ni inexistente.
  • Un deshielo parcial durante el día siguiente que fragmente el hielo en placas.
  • Viento suficiente, pero no excesivo, en el momento exacto.

Esa combinación tan específica explica por qué el enigma tardó tanto en resolverse. No es que el fenómeno fuera imposible de explicar. Ocurre, de hecho, tan pocas veces al año que casi nadie tuvo la suerte de estar mirando en el momento adecuado. Por eso, otras piedras errantes del planeta han generado enigmas parecidos. Un buen ejemplo son las Flechas del Diablo, un conjunto de piedras neolíticas. También ellas recorrieron una distancia imposible de explicar a simple vista. Aun así, hoy Racetrack Playa sigue siendo una parada obligada para quien visita Death Valley. Ya no como un misterio sin resolver, sino como una prueba de algo sencillo. Las piedras que caminan solas no necesitan fantasmas: solo un poco de agua, frío y viento.

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