En septiembre de 2022, la NASA hizo algo que suena a maldad de dibujos animados: lanzó una nave del tamaño de una nevera directa contra un asteroide, a casi 22.000 km/h, solo para ver qué pasaba. Ahora, cuatro años después, la sonda Hera está llegando a la escena del «crimen» para medir los daños con una regla.
La misión pertenece a la Agencia Espacial Europea (ESA), y este mes de noviembre está alcanzando el sistema de los asteroides Dídimo y Dimorfo, el mismo lugar donde la NASA estrelló su nave DART. Según recoge Space.com, la sonda Hera llega precisamente para inspeccionar los restos de aquel golpe intencionado, el primer ensayo real de la humanidad para aprender a desviar un asteroide peligroso.
Un puñetazo cósmico que salió mejor de lo esperado
Dimorfo es una «luna» diminuta, de apenas 150 metros, que orbita a su hermano mayor Dídimo cada pocas horas. Ninguno de los dos representaba ninguna amenaza real para la Tierra: fueron elegidos precisamente porque eran un blanco seguro y fácil de observar desde casa con telescopios.
El impacto de DART ocurrió el 26 de septiembre de 2022, a las 23:14 UTC, y el resultado sorprendió a los propios científicos. Antes del choque, Dimorfo tardaba 11 horas y 55 minutos en completar una vuelta alrededor de Dídimo. Los cálculos previos decían que un simple golpe debería acortar esa órbita en unos 7 minutos. La realidad fue mucho más contundente: el periodo orbital se redujo en 33 minutos, casi cinco veces más de lo previsto.
¿Por qué tanta diferencia? Según el estudio publicado en Nature y recogido por observatorios de todo el mundo, la explicación está en los escombros. El impacto no solo empujó al asteroide con la masa de la propia nave: arrancó una enorme cantidad de rocas y polvo que salieron disparadas hacia el espacio, y ese material actuó como un segundo empujón, mucho más potente que el del impacto en sí. Es algo parecido a lo que pasa cuando pisas un charco de barro: no solo te mojas con el agua que desplazas tu pie, también sale salpicado barro por todos lados, y ese barro añade su propio «empujón» en direcciones que no controlas del todo.
La sonda Hera, la detective que llega a tomar medidas
El problema es que, de momento, solo sabemos que Dimorfo se movió más de lo esperado: no sabemos exactamente por qué, ni cuánto se podría repetir ese resultado con un asteroide de otro tamaño o composición distinta. Ahí es donde entra Hera, que actúa como una auténtica forense espacial.
La sonda, lanzada en octubre de 2024, llega acompañada de dos pequeños satélites del tamaño de una caja de zapatos, llamados Milani y Juventas, que se separarán de la nave principal para explorar de cerca. Entre los tres se repartirán tareas como:
- Fotografiar y medir con precisión el cráter que dejó DART en la superficie de Dimorfo.
- Calcular la masa real del asteroide, algo que hasta ahora solo se podía estimar.
- Sondear el interior de la roca con radar, para saber si es un bloque compacto o más bien un amasijo suelto de escombros, como un montón de arena flotando en el vacío.
Esa última pregunta es clave: un asteroide hueco y poroso reacciona a un impacto de forma muy distinta a una roca sólida, y de eso depende buena parte de la cantidad de «empujón extra» que se puede conseguir.
Por qué a nadie amenazado le vendría mal este dato
Ningún asteroide conocido tiene hoy una probabilidad significativa de chocar con la Tierra en las próximas décadas. Sin embargo, la ciencia planetaria funciona como los seguros: se preparan los planes antes de que haga falta usarlos. Si algún día se detectara una roca con rumbo de colisión, la estrategia de «darle un golpe para desviarla» solo funciona si se conoce con precisión cuánta fuerza hace falta, y eso depende de datos como los que la sonda Hera va a recoger.
Así que, mientras Dídimo y Dimorfo siguen girando tranquilamente a cientos de millones de kilómetros de aquí, una sonda europea se acerca estos días a fotografiar la cicatriz que dejó la primera prueba de defensa planetaria de la historia. No está mal para un proyecto que, resumido sin anestesia, consiste en estrellar algo contra una piedra espacial y luego mandar a alguien a ver qué tal quedó. Si te interesan las misiones que visitan cuerpos pequeños del sistema solar, otra que merece la pena seguir es la sonda japonesa MMX, rumbo a Fobos, la luna de Marte.