Imagina poder gritarle a tu vecino de enfrente y que, técnicamente, le estés hablando desde el día de ayer. Eso es exactamente lo que pasa entre las islas Diomedes, dos trozos de roca en mitad del estrecho de Bering que están separados por apenas 3,8 kilómetros de agua helada… y por casi un día entero de diferencia horaria.
La Diomede Grande pertenece a Rusia. La Diomede Pequeña pertenece a Estados Unidos (Alaska). Entre ambas pasa la línea internacional de cambio de fecha, así que cuando en la isla estadounidense son las tres de la tarde de un martes, en la rusa —a la vista, a tiro de piedra casi— ya es la mañana del miércoles. La diferencia horaria llega a las 21 horas (20 en verano), lo que les ha valido los apodos de «Isla de Mañana» y «Isla de Ayer».
Una frontera que partió en dos a las islas Diomedes
Antes de que existiera ninguna frontera, ambas islas estaban habitadas por la misma comunidad indígena, los iñupiat, que se visitaban, comerciaban y se casaban entre sí sin pensar demasiado en qué lado del agua vivían. El problema llegó en 1867, cuando Rusia vendió Alaska a Estados Unidos. Sin que nadie se lo preguntara a los propios iñupiat, la nueva frontera cayó justo en mitad del estrecho, partiendo en dos a la misma familia extendida.
Durante décadas la cosa no fue grave: en invierno el mar se congelaba y la gente seguía cruzando a pie de una isla a otra para visitarse, como quien va a casa de la abuela, solo que la abuela vivía oficialmente en otro país.
Cuando el Telón de Acero se congeló
Todo cambió con la Guerra Fría. A finales de los años 40, la Unión Soviética convirtió la Diomede Grande en una base militar y trasladó por la fuerza a toda su población nativa al continente. La Diomede Pequeña, del lado estadounidense, quedó convertida en la última avanzadilla de Occidente: quien se acercaba demasiado a la frontera invisible del hielo corría el riesgo de ser detenido. De hecho, según el testimonio de un superviviente, algunos iñupiat que fueron sorprendidos cerca del límite pasaron semanas detenidos e interrogados antes de ser expulsados y advertidos de que no volvieran.
La prensa de la época bautizó esta frontera helada como el «Telón de Hielo» (Ice Curtain), una versión ártica y literalmente congelada del Telón de Acero. Durante cuarenta años, dos islas que se veían la una a la otra a simple vista quedaron prácticamente incomunicadas, separadas no solo por el agua sino por dos superpotencias enfrentadas.
La nadadora que deshizo la frontera, aunque fuera por un día
La escena más curiosa de toda esta historia llegó en agosto de 1987. La nadadora estadounidense Lynne Cox se metió en las aguas heladas del estrecho de Bering, a apenas unos grados sobre el punto de congelación, y nadó cerca de 3,5 kilómetros desde la Diomede Pequeña hasta la Diomede Grande, cruzando de un país al otro y, de paso, saltándose oficialmente un día completo del calendario. Fue la primera persona en cruzar legalmente entre ambas islas en décadas. El gesto tuvo tanta repercusión que tanto el presidente Ronald Reagan como el líder soviético Mijaíl Gorbachov la felicitaron públicamente, en uno de esos pequeños momentos simbólicos que ayudaron a deshelar, nunca mejor dicho, las relaciones entre ambos bloques justo antes del fin de la Guerra Fría.
Un rincón del mundo cada vez más solo
Hoy en día, las islas Diomedes siguen viviendo en mundos distintos: la Diomede Grande sigue siendo una base rusa prácticamente deshabitada, mientras que en la Diomede Pequeña sobrevive un pequeño pueblo iñupiat solo accesible en helicóptero o avioneta —el mar ya no se congela con la fiabilidad de antes—. Su población ha caído de los 178 habitantes que tenía en 1990 a apenas 77 en 2023, golpeada por el aislamiento y, cada vez más, por el deshielo del Ártico, que amenaza literalmente los cimientos del pueblo.
Así que la próxima vez que alguien se queje del jet lag por un vuelo transatlántico, recuérdale que las islas Diomedes demuestran que se puede «viajar en el tiempo» casi un día entero con solo cruzar a nado un canal más corto que muchas travesías en piragua de fin de semana. Eso sí, mejor con un buen neopreno y, sobre todo, con el visado en regla.
Si las fronteras raras te enganchan tanto como a nosotros, no te pierdas la historia de la Isla de los Faisanes, un islote que cambia de soberanía cada seis meses.
Fuente: Wikipedia — Diomede Islands.