Llamaradas solares: el hallazgo de los remolinos de 19 km

El Sol lleva encendiendo llamaradas solares desde hace unos 4.600 millones de años. Hasta ahora, sin embargo, nadie había podido ver de dónde sacaba exactamente la energía para hacerlo. Un telescopio instalado junto al cráter de un volcán hawaiano acaba de resolver, literalmente, el misterio. Su superficie está cubierta de diminutos remolinos de plasma. Esos remolinos retuercen el campo magnético solar hasta que este revienta en forma de llamarada.

El responsable del hallazgo es el telescopio solar Daniel K. Inouye, instalado cerca de la cima del volcán Haleakalā, en la isla hawaiana de Maui. Con un espejo de 4 metros, es el telescopio solar más grande del mundo. Además, acaba de tomar las imágenes más detalladas jamás obtenidas de la superficie del Sol. Son tan detalladas que ha podido distinguir estructuras de apenas 19 kilómetros de ancho, y eso sobre un astro que mide 1,4 millones de kilómetros de diámetro. Es el equivalente a distinguir un grano de arena sobre un campo de fútbol, y verlo además desde 150 millones de kilómetros de distancia.

Remolinos que retuercen el Sol como una toalla mojada

Lo que el Inouye ha fotografiado son vórtices de Kelvin-Helmholtz. Son remolinos que se forman cuando dos capas de fluido se deslizan una sobre otra a velocidades distintas. Es la misma física que riza el mar con el viento o enrosca las nubes en espiral sobre una cordillera. Esta inestabilidad se conocía desde hace más de un siglo en la atmósfera terrestre. Incluso se había detectado antes en la corona solar exterior. Sin embargo, nadie había logrado confirmarla directamente sobre la superficie visible del Sol, la fotosfera. Hasta ahora.

El equipo, liderado por el físico solar David Kuridze, del Observatorio Solar Nacional de Estados Unidos, catalogó nada menos que 47 de estos remolinos en las nuevas imágenes. Sus tamaños van de 25 a 170 kilómetros, con una separación característica de unos 65 kilómetros entre ellos. Giran, además, a velocidades de hasta 3 kilómetros por segundo. El estudio se publicó el 5 de agosto en la revista Nature. Sus autores lo describen como la primera confirmación experimental de este fenómeno en la superficie solar.

Cómo unos remolinos diminutos desatan llamaradas solares gigantes

Aquí viene la parte interesante: el plasma solar no es agua normal. Es un fluido cargado eléctricamente, atravesado por líneas de campo magnético. Cuando se forma un remolino, esas líneas se enroscan con él. Es como si alguien retorciera una toalla mojada cada vez con más fuerza. Esa torsión va acumulando tensión magnética, energía pura, lista para liberarse de golpe. Y cuando se libera, el resultado varía: puede ir desde una microexplosión invisible hasta llamaradas solares capaces de freír satélites y colapsar redes eléctricas.

Durante décadas, los físicos solares sospechaban que algo así debía estar pasando a pequeña escala. Así se explicaría de dónde sale tanta energía en los fenómenos solares explosivos. Pero no existía un telescopio capaz de “ver” estructuras tan pequeñas y tan rápidas. El Inouye, operativo desde 2022, por fin tiene la resolución necesaria. Puede pillar al Sol, literalmente, con las manos en la masa.

Por qué este hallazgo llega en el momento justo

El hallazgo llega además en un momento especialmente oportuno: el ciclo solar actual, el número 25, está cerca de su máximo de actividad en 2026. Trae consigo más manchas solares, más llamaradas solares y más auroras boreales (y australes) de lo habitual. Entender el mecanismo exacto que arma estas explosiones no es solo curiosidad académica. Cuanto mejor se comprenda cómo se “carga” el Sol antes de disparar una tormenta geomagnética, mejor podrán los científicos anticipar cuándo llegará esa energía a la Tierra. Y eso importa, porque puede afectar al GPS, a las comunicaciones por satélite o a la red eléctrica.

Así que la próxima vez que veas una foto del Sol, no pienses que es solo una bola de fuego anaranjada y monótona. Bajo esa superficie hay miles de pequeños remolinos retorciendo el campo magnético, como fontaneros cósmicos armando, sin saberlo, la próxima llamarada solar. Por cierto, no es la única sorpresa reciente que ha dejado un telescopio apuntando al cielo: el decágono gigante que gira en el polo sur de Saturno es otro patrón geométrico que los astrónomos apenas empiezan a entender.

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