El pasado 6 de octubre, el Comité Nobel hizo una llamada a Italia. Al otro lado del teléfono, un físico belga de 82 años se quedó de piedra. Le estaban anunciando que había ganado el Premio Nobel de Física 2026. Su “telescopio” no apunta al cielo con lentes ni espejos. Es un cubo de hielo antártico de un kilómetro cúbico enterrado en el Polo Sur. Y lo que caza no es luz, sino fantasmas.
El premiado se llama Francis Halzen. El motivo oficial del galardón es “por sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y el descubrimiento de neutrinos astrofísicos de alta energía”. Dicho así suena a trabalenguas de laboratorio. Pero la historia que hay detrás es de las que justifican por qué la ciencia básica merece la pena. Aunque tarde décadas en dar fruto.
Partículas fantasma que atraviesan planetas
Los neutrinos son subatómicos, casi no tienen masa y apenas interactúan con nada. Cada segundo, billones de ellos te atraviesan a ti, tu casa y el planeta entero sin que lo notes. Es como si la materia fuera prácticamente aire para ellos. Esa discreción los hace fascinantes para la física. Pero también es una pesadilla para detectarlos: ¿cómo cazas algo que casi nunca choca con nada?
La solución de Halzen fue pensar a lo grande, literalmente. Si un neutrino rara vez interactúa, necesitas muchísima materia vigilada a la vez para pescar las pocas colisiones que sí ocurren. Y el hielo antártico, transparente y disponible en cantidades industriales, resultó ser el detector perfecto.
El hielo antártico que se convirtió en telescopio
Así nació IceCube, instalado bajo la estación Amundsen-Scott, en el Polo Sur. El proyecto perforó más de 80 pozos de dos kilómetros y medio de profundidad para hundir en el hielo más de 5.000 sensores de luz. De ese modo convirtió un kilómetro cúbico entero de hielo antártico en el detector de neutrinos más grande del mundo. Muy de tarde en tarde, un neutrino de alta energía choca con un átomo dentro de ese hielo. Ese choque genera un destello de luz azulada (radiación Cherenkov) que los sensores registran y que permite reconstruir de dónde vino la partícula.
Halzen lleva en esto desde 1987, cuando empezó con AMANDA, el experimento precursor que demostró que la idea era viable. IceCube, su versión definitiva, funciona desde 2010. En 2013 logró la primera evidencia de neutrinos llegados de fuera de nuestra galaxia. Fue la prueba de que, en efecto, el hielo antártico podía hacer de telescopio cósmico.
Por qué importa: el universo también se puede “escuchar”
La astronomía tradicional usa luz: visible, infrarroja, rayos X. Pero hay fenómenos extremadamente violentos -explosiones cerca de agujeros negros supermasivos, por ejemplo- que generan “mensajeros” distintos: rayos cósmicos y neutrinos de energías brutales. Como los neutrinos casi no interactúan con nada, llegan hasta la Tierra en línea recta, sin desviarse ni perder información por el camino. Eso es algo que ni la luz ni los rayos cósmicos cargados pueden garantizar.
Gracias a IceCube, los físicos han podido señalar con el dedo algunas fuentes de estos neutrinos de alta energía. En 2022, el observatorio detectó emisión de neutrinos procedente de NGC 1068, una galaxia activa con un agujero negro supermasivo en su centro. Además, en 2023 encontró evidencia de neutrinos de alta energía proveniente del plano de nuestra propia Vía Láctea. Es, en la práctica, el nacimiento de una forma de observar el cosmos que no depende en absoluto de la luz. Se trata de la llamada astronomía de neutrinos, una pieza más de lo que ahora se conoce como astronomía de múltiples mensajeros. Si te interesan este tipo de hallazgos, en Clear & Near también hemos contado el descubrimiento de los remolinos de 19 km en las llamaradas solares. Es otro fenómeno que la astrofísica solo ha empezado a entender hace poco.
Un Nobel con sentido del humor
El presidente del comité, Mark Pearce, resumió el mérito de Halzen con una frase que parece sacada de una película: “nos ha dado un instrumento fantástico. Su tenacidad y su visión científica han abierto camino a un nuevo tipo de astronomía”. El propio Halzen, con 82 años y toda la carrera detrás, reaccionó con humor al teléfono: dijo que le había pillado totalmente por sorpresa. Además, bromeó con que ya está preparando una propuesta de ampliación, IceCube-Gen2, con ocho veces más hielo instrumentado. “Espero que ganar esto ayude a que me la aprueben”, añadió.
La ceremonia de entrega será en Estocolmo el 10 de diciembre. Mientras tanto, bajo el hielo del Polo Sur, miles de sensores siguen esperando en silencio. Esperan el próximo destello azul que les cuente algo sobre un agujero negro a miles de millones de años luz de aquí.
Fuente: GPB News.
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