El 14 de julio de 1518, en Estrasburgo, una mujer llamada Frau Troffea salió a la calle y empezó a bailar. Nadie tocaba música. No había ninguna fiesta. Y, sin embargo, no pudo parar: bailó durante horas y luego durante todo el día. Cuando por fin cayó rendida, al día siguiente se levantó y volvió a bailar. En una semana se le habían unido más de 30 personas. En un mes, la cifra rondaba las 400. Así arrancó uno de los episodios más desconcertantes de la historia europea: la plaga del baile de 1518.
Una ciudad entera bailando sin motivo
Lo más inquietante de la plaga del baile no era que la gente bailara. Era que no podía dejar de hacerlo. Según los registros de la época, muchos de los afectados danzaban durante días o incluso semanas. Apenas se detenían para comer, beber o dormir, hasta que los pies se les hinchaban y sangraban. Además, varias decenas murieron por el camino, agotados o víctimas de infartos y derrames provocados por el esfuerzo. No era una metáfora ni una exageración de crónicas exageradas: la gente se desplomaba, literalmente, de bailar.
Lo más curioso es cómo reaccionaron las autoridades de Estrasburgo. En vez de prohibir el baile, decidieron que la «cura» era más baile. Despejaron dos salones gremiales y el mercado de grano al aire libre. También construyeron un escenario de madera frente a la feria de caballos. Por si no bastaba, contrataron músicos y bailarines profesionales para acompañar a los afectados. La lógica de la época decía que si dejabas que el baile siguiera su curso, acabaría agotándose solo. Sin embargo, no funcionó: el contagio, lejos de apagarse, se multiplicó.
¿Ergotismo, hongos o puro estrés colectivo?
Durante mucho tiempo se culpó al ergotismo, una intoxicación causada por un hongo: el cornezuelo (Claviceps purpurea), que crece en el centeno húmedo. Puede provocar espasmos y alucinaciones. Es una teoría atractiva. Al fin y al cabo, el valle del Rin, donde ocurrieron varios episodios similares de «manía danzante» a lo largo de los siglos, era zona de cultivo de centeno. Sin embargo, el historiador John Waller, autor del libro A Time to Dance, a Time to Die, le ha puesto varias pegas serias. Por un lado, el cornezuelo también corta el riego sanguíneo a las extremidades, algo que haría casi imposible bailar sin parar durante días. Además, resulta muy poco probable que cientos de personas, intoxicadas por el mismo hongo, desarrollaran exactamente el mismo síntoma tan específico.
La explicación que hoy convence a más historiadores es mucho más humana y, siendo sinceros, más inquietante: histeria colectiva inducida por estrés. 1518 no fue un año fácil en Alsacia. Había hambrunas y enfermedades como la viruela y la sífilis. Además, existía una creencia muy extendida en maldiciones enviadas por santos enfadados, en concreto por San Vito, patrón asociado (sin que él tuviera la culpa) con este tipo de episodios. En un contexto de miedo y superstición compartida, el cuerpo de una persona especialmente susceptible podía «liberar» esa tensión a través de un trance físico incontrolable. Por tanto, el fenómeno se propagaba por simple contagio psicológico al verlo en los demás. Es algo parecido a como hoy entendemos ciertos brotes de desmayos colectivos en colegios o fábricas.
El final (relativamente) feliz de la plaga del baile
Como las autoridades no lograban detener el baile con más baile, en septiembre las víctimas fueron llevadas en procesión a un santuario dedicado a San Vito, en Saverne. Allí recibieron una especie de exorcismo religioso contra la maldición que se les atribuía. Según las crónicas, tras el ritual la mayoría de los bailarines se recuperaron casi de golpe. Visto con ojos del siglo XXI, probablemente no fue magia. Cambiar de entorno y salir de la multitud que alimentaba el contagio social ya ayudaba. Además, el alivio simbólico de un ritual en el que todo el mundo creía pudo bastar para romper el ciclo.
Lo fascinante es que Estrasburgo 1518 no fue un caso aislado. Hay registros de episodios de «manía danzante» similares desde el siglo VII hasta el XVII, casi siempre junto a ríos como el Rin o el Mosela. Lo que ocurrió aquel verano con la plaga del baile sigue siendo, siglos después, uno de los recordatorios más extraños de la historia. Muestra hasta qué punto la mente puede arrastrar al cuerpo, incluso sin que suene una sola nota de música. Un fenómeno parecido, aunque de naturaleza muy distinta, es el de las piedras que caminan solas en Death Valley. Es otro misterio que tardó siglos en encontrar una explicación científica convincente.
Puedes leer más detalles sobre este episodio histórico en este reportaje de National Geographic.
2 comentarios en «La plaga del baile de 1518 que paralizó Estrasburgo»