Reflejo de estornudo fótico: por qué estornudas al sol

Sales a la calle en un día soleado, levantas la vista hacia el cielo despejado y… achís. No tienes resfriado, no hay polen en el aire ni nada que te haga cosquillas en la nariz. Lo único que ha cambiado es la luz. Esto tiene nombre: se llama reflejo de estornudo fótico, y no te convierte en alguien raro, sino en parte de un club bastante numeroso que lleva más de 2.000 años intrigando a filósofos y científicos.

El fenómeno también tiene un acrónimo con bastante gracia en inglés: ACHOO («Autosomal dominant Compelling Helio-Ophthalmic Outburst», algo así como «estallido helio-oftálmico compulsivo de herencia dominante»). Dicho de forma sencilla: a una de cada cuatro personas, aproximadamente, la luz brillante le dispara uno o varios estornudos en segundos.

Un misterio con 2.350 años de antigüedad

Aristóteles ya se hizo esta pregunta en el siglo IV a.C. en su obra Problemata, y propuso que el calor del sol generaba humedad dentro de la nariz que terminaba provocando el estornudo. Casi 2.000 años después, en 1635, Francis Bacon decidió comprobarlo él mismo: se puso de cara al sol pero con los ojos cerrados. El calor le llegaba igual a la piel, pero el estornudo no aparecía. Con eso descartó la teoría del calor y propuso que era la luz entrando por los ojos la que, de algún modo, acababa secuestrando la nariz.

Bacon acertó en la pista, pero no en el mecanismo: pensó que la luz hacía lagrimear los ojos y que esa humedad viajaba hasta la nariz. Sin embargo, el estornudo llega demasiado rápido para que le dé tiempo a las lágrimas a desplazarse a ningún sitio. El nombre moderno de este reflejo de estornudo fótico no llegó hasta el siglo XX: el médico J. Sedan lo describió en 1954, y el acrónimo ACHOO se acuñó en 1978, según recoge Scientific American.

Dos nervios detrás del reflejo de estornudo fótico

La explicación que más respaldo tiene hoy es, en el fondo, un caso de «cables cruzados» en el cerebro. El nervio óptico, encargado de procesar los cambios brutales de luz que llegan a la retina, pasa justo al lado del nervio trigémino, que es el que controla la sensibilidad de la cara y, entre otras cosas, activa el estornudo cuando detecta un irritante en la nariz.

Cuando pasas de una habitación en penumbra a plena luz del día, el nervio óptico dispara una señal eléctrica fuerte y repentina. En algunas personas, parte de esa señal «se derrama» hacia el nervio trigémino, que está anatómicamente pegado a él. Por eso, el cerebro interpreta esa señal prestada como si algo le hubiera entrado por la nariz, y responde con la misma artillería de siempre: un estornudo, para «expulsar» un intruso que en realidad nunca estuvo ahí.

Lo curioso es que, pese a ser una pista bastante consistente, nadie ha demostrado todavía el mecanismo exacto de este reflejo. Como señala un repaso del tema en Cosmos Magazine, sigue sin estar claro por qué ese cruce de cables ocurre en unas personas y no en otras.

Está en los genes (literalmente)

Y aquí es donde la ciencia moderna sí ha avanzado bastante: el reflejo de estornudo fótico es hereditario, de herencia dominante. Basta con que uno de tus padres lo tenga para que tú también puedas heredarlo. En 2010, un estudio de la empresa de genética 23andMe analizó los datos de decenas de miles de personas y encontró una variante genética concreta, llamada rs10427255, asociada a una probabilidad un 30% mayor de ser «estornudador solar».

Casi una década después, un estudio publicado en Scientific Reports con más de 3.400 personas en China no solo confirmó esa misma variante —con una asociación todavía más fuerte—, sino que además encontró un segundo gen implicado, en una región distinta del genoma. Es decir: no es un capricho ni cosa de tu imaginación, es biología heredada, tan real como el color de tus ojos.

¿Debería preocuparme?

En absoluto. Para la inmensa mayoría de la gente, el reflejo de estornudo fótico es solo una curiosidad simpática, el tipo de dato que sorprende en una sobremesa. El único momento en que conviene tenerlo en cuenta es al salir de un túnel, un garaje o cualquier sitio oscuro conduciendo: ese estornudo de un segundo con los ojos cerrados de forma involuntaria es, durante un instante, un punto ciego real. Por eso, pilotos y conductores profesionales lo tienen catalogado como un pequeño riesgo laboral.

Así que la próxima vez que mires al sol y estornudes, ya sabes a quién culpar: a un par de nervios demasiado próximos en tu cabeza y, probablemente, a uno de tus padres. Si los reflejos involuntarios te resultan fascinantes, tampoco te va a decepcionar descubrir por qué es imposible hacerte cosquillas a ti mismo.

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