Inténtalo ahora mismo: pásate un dedo por la planta del pie o hazte cosquillas en la palma de la mano. Nada, ¿verdad? Como mucho, una sonrisa floja. Sin embargo, si es tu hermano, tu pareja o un completo desconocido quien lo hace, te retuerces de risa en dos segundos. Llevamos toda la vida dando por hecho que no puedes hacerte cosquillas a ti mismo sin preguntarnos por qué, y resulta que la respuesta no está en la piel, sino en una parte del cerebro que normalmente asociamos con mantener el equilibrio.
El cerebelo, el aguafiestas que no te deja hacerte cosquillas a ti mismo
La neurocientífica Sarah-Jayne Blakemore, del University College London, llevó este misterio al escáner de resonancia magnética en un experimento ya clásico. Escaneó el cerebro de varios voluntarios mientras una máquina les hacía cosquillas en la palma. Luego repitió la prueba cuando eran ellos mismos quienes se las hacían. El resultado: cuando el movimiento era propio, el cerebelo —esa estructura en la base del cráneo que coordinamos con el movimiento y el equilibrio— se activaba de forma muy distinta.
El cerebelo no solo controla el movimiento, también lo predice. Cada vez que mueves un dedo, genera una especie de aviso interno llamado “copia eferente”: una predicción exacta de qué sensación vas a notar y en qué momento exacto. Si te haces cosquillas a ti mismo, el cerebelo ya sabe qué va a pasar milisegundos antes de que pase. Además, usa esa predicción para atenuar la respuesta de las zonas del cerebro encargadas de procesar el tacto y la cosquilla. Es, literalmente, un sistema de cancelación de ruido biológico: el cerebro se resta a sí mismo la sorpresa.
Por qué un desconocido sí te hace reír
Cuando es otra persona la que te toca, tu cerebelo no tiene ni idea de qué dedo va a moverse, cuándo ni con qué fuerza. No hay predicción posible, así que no hay nada que cancelar. De hecho, la señal llega “en crudo” a la corteza somatosensorial y al cíngulo anterior, zonas implicadas también en la risa y en el procesamiento de estímulos inesperados. Cuanto más impredecible es el contacto, más cosquillas hace. Esto explica por qué las cosquillas de alguien que además intenta pillarte por sorpresa son mucho peores que las de alguien que avisa “te voy a hacer cosquillas ahora”.
Blakemore fue un paso más allá para demostrar que el mecanismo es puramente temporal y no una simple cuestión de “quién” te toca. Diseñó un brazo robótico que el propio voluntario controlaba con un joystick: al mover la palanca, el robot le tocaba la palma de la mano. Cuando el movimiento del robot era instantáneo, la sensación era débil, como de costumbre. Pero al introducir un retraso de apenas unas décimas de segundo entre el movimiento de la palanca y el toque del robot, la predicción del cerebelo dejaba de encajar con lo que ocurría realmente. Por eso, la cosquilla volvía a sentirse con fuerza, casi como si la hiciera otra persona.
Una ventaja evolutiva disfrazada de aguafiestas
Lejos de ser un capricho del cerebro, este sistema de predicción tiene mucho sentido evolutivo. Al fin y al cabo, si el cerebro reaccionara con la misma alarma a cada roce que tú mismo provocas al moverte, vivirías saturado de sensaciones irrelevantes todo el día. Cancelar lo predecible permite que el sistema nervioso reserve su atención —y su reflejo de sobresalto— para lo que de verdad puede ser una amenaza o algo nuevo: el contacto inesperado de otro ser vivo. Las cosquillas, de hecho, se estudian en psicología como una posible señal social ancestral ligada al juego y al vínculo entre individuos. Esto ocurre también en primates y en ratas, que emiten chillidos similares a la risa cuando se les hacen cosquillas.
Así que la próxima vez que alguien te diga “a que no puedes hacerte cosquillas tú solo”, ya tienes la respuesta completa: puedes, técnicamente, hacerte cosquillas a ti mismo, pero necesitarías un robot con un retraso programado para engañar a tu propio cerebelo. Puedes leer el estudio original de Sarah-Jayne Blakemore sobre este mecanismo en Scientific American.
Si te fascinan los trucos que te juega tu propio cerebro, no te pierdas tampoco por qué el déjà vu hace que tu mente te mienta.
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