En 1962, alguien en un pequeño pueblo minero de Pensilvania decidió quemar la basura del vertedero municipal, como se hacía cada año antes del día de los Caídos. Esa hoguera, en teoría rutinaria, nunca se apagó del todo. Se coló por una grieta hasta una vieja mina de carbón abandonada y encontró ahí una veta de carbón de más de trece kilómetros de largo. Más de sesenta años después, ese fuego lleva ardiendo bajo tierra sin parar. Aun así, el pueblo, Centralia, sigue oficialmente en el mapa: casi nadie vive ya en él.
Un incendio que lleva ardiendo bajo tierra y se comió un pueblo entero
Centralia llegó a tener más de 1.000 vecinos en su mejor época. Por entonces tenía tiendas, iglesias y varias generaciones de familias mineras. Hay otra teoría sobre el origen del fuego: en realidad, podría venir arrastrándose desde un incendio de 1932 que nunca se extinguió del todo. Sin embargo, lo que nadie discute es lo que vino después, porque el fuego, alimentado por el propio carbón que sostenía la economía del pueblo, se extendió lentamente por los túneles subterráneos durante años sin que nadie pudiera pararlo. Ni cortafuegos, ni inundaciones de los túneles, ni perforaciones funcionaron: el carbón es, básicamente, combustible de sobra para que algo así no se apague nunca por sí solo.
El agujero que cambió todo
Durante casi dos décadas, muchos vecinos restaron importancia al asunto: el humo que salía de algunas grietas del suelo se consideraba casi parte del paisaje. Eso cambió el día de San Valentín de 1981, cuando un niño de 12 años llamado Todd Domboski caminaba por el patio de su casa y el suelo se abrió bajo sus pies. Cayó varios metros dentro de un socavón que resultó tener casi 45 metros de profundidad y estar lleno de monóxido de carbono a niveles letales. Por suerte, se salvó agarrándose a unas raíces hasta que su primo logró sacarlo.
Por eso, el susto aceleró lo que ya se veía venir. En 1984, el Congreso de Estados Unidos aprobó más de 42 millones de dólares para realojar a los vecinos, y en 1992 Pensilvania declaró todas las propiedades del pueblo de utilidad pública y las expropió. En 2002, Centralia perdió incluso su código postal oficial.
La autopista de los grafitis que ya no existe
Un tramo de la carretera estatal 61, justo encima del fuego que lleva ardiendo bajo tierra, tuvo que cerrarse en 1994. El asfalto se agrietaba, salía vapor del suelo y la carretera literalmente se hundía por zonas. Durante años, ese kilómetro de asfalto abandonado se convirtió en un lienzo gigante conocido como la Graffiti Highway, visitada por curiosos de medio país. En 2020, el propietario del terreno hizo que la cubrieran con tierra y rocas para disuadir a los visitantes. Hoy, sin embargo, no queda ni rastro de aquellos colores.
¿De verdad inspiró Silent Hill?
Es la pregunta que más circula sobre Centralia, y la respuesta es solo “a medias” verdadera. El videojuego original de 1999 no se basó en Centralia —sus creadores en Japón se fijaron en pueblos abandonados de Chicago—. Pero el director de la película Silent Hill de 2006, Christophe Gans, sí reconoció algo distinto. Según contó Looper, el guionista Roger Avary se inspiró directamente en la historia de Centralia para construir el pueblo fantasma envuelto en niebla y gases de la cinta.
Lo que queda hoy
En 2013, los últimos ocho residentes que se negaron a marcharse llegaron a un acuerdo con el estado: recibirían una compensación de 349.500 dólares y podrían vivir en sus casas el resto de su vida. Eso sí, con la condición de que, cuando falten, el estado recupere y demuela la propiedad. Aun así, hoy quedan solo un puñado de vecinos en un pueblo que, sobre el papel, ya no debería existir.
Y el fuego, el mismo que lleva ardiendo bajo tierra desde 1962, sigue ahí abajo. Según estimaciones de ingenieros de minas recogidas por Mining.com, hay suficiente carbón en la veta para mantenerlo activo entre 50 y 250 años más. Por tanto, la única forma de apagarlo del todo sería excavar por completo el yacimiento de carbón bajo el pueblo, una obra que costaría unos 600 millones de dólares. Así que, de momento, Centralia seguirá ardiendo en silencio durante generaciones, mucho después de que se haya apagado el último vecino que la recuerde con gente viviendo allí.
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