Has picado ajo, has lavado las manos con jabón tres veces y aun así, media hora después, sigues oliendo a pizzería. El truco del acero inoxidable que circula desde hace años para solucionarlo es tan simple que suena a broma: frotarte las manos contra algo de acero inoxidable —una cuchara, el grifo, el fondo de una sartén— bajo el agua. ¿De verdad funciona o es otro mito de internet con mucha fe y poca química?
Cómo hacer el truco del acero inoxidable
- Busca cualquier objeto de acero inoxidable de la cocina: una cuchara, un cucharón, el lateral del fregadero o incluso un bloque específico que se vende para esto (sí, existe y se llama literalmente «quitaolores»).
- Abre el grifo con agua tibia.
- Frótate las manos contra el metal durante 20-30 segundos, como si te estuvieras lavando con él en vez de con jabón.
- Aclara con agua y, si quieres rematar, pasa jabón normal para quitar la grasa que quede.
Mucha gente jura que el olor a ajo o cebolla desaparece casi por completo con este gesto, en casos donde ni el jabón ni el limón solos lo consiguen del todo.
Por qué podría funcionar el acero inoxidable
El olor que se queda pegado a los dedos no viene del ajo entero, sino de lo que pasa cuando lo cortas. Dentro del diente hay dos compuestos —la enzima alinasa y un aminoácido llamado aliína— que viven separados en compartimentos distintos de la célula. Al picar o machacar el ajo, esas paredes se rompen, los dos se mezclan y reaccionan para formar alicina, el compuesto sulfurado responsable de ese olor que se te queda en la piel (y, para qué negarlo, también del sabor que hace tan rico el ajo).
Aquí entra el acero inoxidable. Este material no es inoxidable por casualidad: está hecho con una aleación que incluye cromo, y ese cromo reacciona con el oxígeno del aire para formar una fina película de óxido de cromo en la superficie, invisible a simple vista. La hipótesis química —y es importante decirlo así, como hipótesis— es que esa capa de óxido puede atraer y enlazar los compuestos de azufre de la alicina, «atrapándolos» en el metal en lugar de dejarlos sueltos sobre tu piel.
Tiene sentido sobre el papel: el azufre tiene bastante afinidad por ciertos metales de transición como el cromo, y no sería la primera vez que la química explica un truco de cocina que lleva generaciones repitiéndose. Sin embargo, el problema es que, hasta donde se ha podido comprobar, nadie ha hecho un estudio riguroso y controlado que mida cuánto azufre queda realmente atrapado en el metal frente a cuánto se va simplemente arrastrado por el agua y el roce mecánico de frotar la piel. Un artículo de divulgación científica de The Conversation, firmado por una química, probó el truco con un pequeño experimento de «ciencia ciudadana» entre lectores y concluyó algo honesto: la evidencia científica es escasa, aunque la química sugiere que bien podría funcionar.
Dicho de otra forma: es muy probable que el frotado contra el metal ayude, pero una parte del mérito puede ser simplemente el agua corriente y la fricción mecánica, que por sí solas ya eliminan buena parte de cualquier residuo superficial de las manos, venga o no de ajo. El acero no hace magia, pero tampoco hace daño, así que no cuesta nada tenerlo en cuenta la próxima vez que piques una cabeza entera de ajo para un sofrito. Por eso, si cocinas ajo o cebolla a menudo, puede que te interese también la química que hace llorar al cortar cebolla, otro efecto secundario de estos mismos compuestos de azufre.
Y si te preocupa quedarte sin cuchara disponible: el mismo principio es la razón por la que existen esas pastillas de acero con forma de jabón que se venden en tiendas de menaje. No llevan ningún aditivo mágico ni fragancia escondida: son, literalmente, un trozo de metal con el único trabajo de que lo froten contra tus dedos.