Imagina que llenas dos vasos idénticos con la misma cantidad de agua, uno hirviendo y otro del grifo, y los metes juntos en el congelador. La lógica dice que el agua fría debería congelarse antes: total, ya le lleva ventaja. Pues no siempre. A veces gana el agua caliente, y este pequeño sinsentido térmico lleva más de dos mil años volviendo locos a filósofos y físicos por igual.
Se llama efecto Mpemba, y aunque suena a broma de laboratorio, es un fenómeno real, documentado y que en 2026 por fin ha empezado a tener una explicación seria gracias a una simulación por supercomputador.
El estudiante que le llevó la contraria a su profesor
La historia oficial empieza en Tanzania, en 1963. Erasto Mpemba era un estudiante de secundaria que hacía helado casero con sus compañeros: mezclaban leche con azúcar, la hervían y la metían en el congelador. Con las prisas por no perder sitio en el congelador, Mpemba metió su mezcla todavía caliente, mientras que sus compañeros esperaron a que la suya se enfriara antes. Resultado: la de Mpemba se congeló antes. Cuando se lo contó a su profesor de física, este le respondió, según cuentan, que eso era «física de Mpemba, no física del mundo real».
Por suerte, el chaval no se rindió. Años después repitió la pregunta a un físico visitante, Denis Osborne, que decidió tomárselo en serio y comprobarlo en el laboratorio. Sorpresa: bajo ciertas condiciones, el agua caliente sí podía congelarse antes que la fría. Publicaron el hallazgo juntos en 1969, y desde entonces el fenómeno lleva su nombre. Lo curioso es que Mpemba no fue el primero en notarlo: ya Aristóteles, y siglos después Francis Bacon y René Descartes, habían dejado constancia de observaciones parecidas sin saber muy bien qué hacer con ellas.
Un rompecabezas con demasiadas piezas sueltas
Durante décadas, la comunidad científica propuso explicaciones a puñados sin ponerse nunca del todo de acuerdo: que el agua caliente se evapora y pierde masa (así que hay menos agua que enfriar), que expulsa gases disueltos al hervir (lo que cambiaría cómo se forma el hielo), que genera corrientes de convección que reparten mejor el frío, o que el agua fría tiende más a «sobreenfriarse» sin llegar a solidificar. El problema es que ninguna explicación por sí sola cuadraba con todos los experimentos, y algunos laboratorios ni siquiera lograban reproducir el efecto. Durante un tiempo, más de un físico llegó a sospechar que el efecto Mpemba era simplemente un espejismo estadístico.
Lo que ha cambiado en 2026
Aquí es donde entra la novedad. Un equipo del Jawaharlal Nehru Centre for Advanced Scientific Research (JNCASR), en la India, construyó la primera simulación por supercomputador capaz de reproducir el proceso de congelación átomo a átomo, y publicó los resultados en la revista Communications Physics, del grupo Nature.
La clave, según su modelo, no está tanto en cuánto calor pierde el agua sino en el camino que sigue mientras se enfría. Antes de convertirse en hielo de verdad, el agua pasa por estados intermedios inestables, especies de «paradas técnicas» moleculares que pueden retrasar la formación de los primeros cristales de hielo (lo que los físicos llaman nucleación). Según a qué temperatura arranque, el agua puede quedarse atascada más o menos tiempo en esas paradas. La simulación sugiere que, en determinadas condiciones, el agua caliente encuentra un atajo hacia la nucleación y esquiva los retrasos que sí sufre el agua fría, llegando antes a la meta.
Y hay un giro extra: el equipo comprobó que un patrón parecido aparece también en otros sistemas físicos que nada tienen que ver con el agua, lo que apunta a que el efecto Mpemba podría ser un rasgo general de cómo la materia pasa de líquido a sólido, no una rareza exclusiva del H₂O.
¿Sirve esto para algo más que presumir en una cena?
Más allá de la anécdota, entender bien la cinética de estos cambios de fase tiene aplicaciones nada triviales: desde mejorar sistemas de refrigeración y gestión térmica en electrónica hasta afinar procesos industriales donde el enfriamiento controlado importa, como en la fabricación de ciertos materiales o en criopreservación.
Así que la próxima vez que alguien te diga que el agua caliente nunca puede congelarse antes que la fría, ya sabes qué responder: llevamos dos mil años discutiéndolo, un estudiante de instituto tanzano tenía razón, y ahora un supercomputador se lo ha demostrado átomo por átomo. No está mal para algo que empezó como una excusa para no perder turno en el congelador.