Imagina un lugar donde, si te pones muy pero que muy enfermo, el plan no es llamar a una ambulancia local sino subirte a un avión rumbo a otro país. Así funcionan las cosas en la capital del archipiélago noruego de Svalbard y el asentamiento civil más al norte del planeta: morir en Longyearbyen está tan mal visto que, en la práctica, no está permitido.
La frase “en Longyearbyen no se puede morir” se ha hecho viral tantas veces que ya suena a leyenda urbana exagerada, y en parte lo es: nadie va a multarte por fallecer. Lo que sí es completamente real es que el cementerio del pueblo dejó de aceptar nuevos enterramientos hacia 1950, y desde entonces, quien muere allí es trasladado a la Noruega continental para su entierro. La razón no tiene nada de burocrática y sí mucho de fascinante: se llama permafrost.
Morir en Longyearbyen: el cementerio que dejó de aceptar cuerpos
Svalbard está tan al norte —a unos 1.300 km del Polo Norte— que el suelo permanece congelado todo el año, salvo una fina capa superior que se descongela en verano. Ese hielo permanente actúa como una especie de congelador natural: ralentiza tanto la descomposición que los cuerpos enterrados prácticamente se conservan en vez de descomponerse con normalidad. Nada de esto sería más que una curiosidad geológica si no fuera porque, en 1918, la gripe española llegó hasta las minas de carbón de Longyearbyen y se llevó por delante a varios mineros, que fueron enterrados en el cementerio local.
Casi ochenta años después, un equipo internacional liderado por la investigadora canadiense Kirsty Duncan viajó hasta allí con un objetivo muy concreto: exhumar los restos de siete de aquellos mineros para buscar en sus tejidos material genético del virus de 1918, uno de los más letales de la historia moderna. En 1998, bajo una carpa hinchable levantada sobre el propio cementerio, el equipo consiguió extraer fragmentos de ARN viral de pulmones, hígado y otros tejidos, unas muestras que después ayudarían a otros científicos a reconstruir el genoma completo de aquella pandemia. Puedes leer los detalles de aquella expedición y su contexto científico en este artículo publicado en PubMed Central, el repositorio de biomedicina de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos.
El hallazgo confirmó lo que las autoridades ya sospechaban: el frío extremo de Svalbard conserva tejidos —y potencialmente patógenos— durante décadas. Por eso, morir en Longyearbyen implica hoy coger un vuelo hacia el sur mientras todavía se puede: la política no escrita pasó de “recomendable” a prácticamente obligatoria, y no se abren cementerios nuevos.
La vida (literal) sigue en el pueblo más al norte del mundo
Más allá de esta curiosidad algo macabra, Longyearbyen es un lugar que parece sacado de un documental de otro planeta. Tiene poco más de 2.000 habitantes, ningún semáforo y una norma de sentido común que aquí sí es oficial: como los osos polares campan a sus anchas fuera del núcleo urbano, está mal visto —y en la práctica es obligatorio— salir del pueblo sin llevar un rifle o una bengala de aviso.
El pueblo vive además a un ritmo de luz completamente extremo: durante unos cuatro meses al año el sol no se pone nunca (el famoso sol de medianoche) y durante otros tantos meses no llega a asomar, sumiendo a Longyearbyen en una noche polar continua. Y ya que hablamos de conservar cosas en el hielo, a pocos kilómetros del pueblo se esconde otro guardián del frío: la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, el búnker que almacena copias de seguridad de semillas de medio mundo por si algún día hace falta reiniciar la agricultura desde cero. Si te gustan los rincones del planeta con normas tan particulares como estas, también te va a sorprender Bir Tawil, la tierra que nadie quiere reclamar.
Así que la próxima vez que alguien te diga que “en tal sitio está prohibido morirse”, ya sabes que probablemente se refiera a morir en Longyearbyen, y ahora también sabes que la verdad, aunque menos dramática que el titular, es igual de sorprendente: un pueblo entero organizado en torno a la idea de que, a veces, hasta la muerte necesita cambiar de planes cuando el suelo se empeña en no dejarte descansar.
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