Hay dinosaurios con decenas de esqueletos catalogados en todo el mundo y, sin embargo, ni un solo rastro de sus pasos. El Tyrannosaurus rex es uno de ellos. A pesar de ser el animal prehistórico más famoso del planeta, hasta ahora solo se conocían dos huellas de T. rex aisladas. Una está en Nuevo México y la otra en Montana. Nunca una serie de pasos seguidos, nunca un «vídeo» fósil de cómo se movía.
Eso acaba de cambiar. Un equipo del Denver Museum of Nature & Science ha confirmado la primera pista de huellas de T. rex adulto jamás documentada. Además, el proyecto contó con la colaboración de la Liverpool John Moores University. El hallazgo se ha publicado en el Journal of Vertebrate Paleontology. Son cuatro huellas tridáctilas consecutivas, conservadas en la Formación Hell Creek. En conjunto, recorren unos 7 metros de terreno en las badlands del suroeste de Dakota del Norte. El lugar está cerca de la localidad de Marmarth.
El hallazgo tiene, además, un protagonista poco habitual en paleontología de grandes titulares. No fue un investigador con doctorado quien las encontró primero, sino Kent Hups, profesor de instituto y cazador de fósiles aficionado. Hups estaba echando una mano como voluntario en una de las excavaciones del equipo del museo. El terreno es federal y está gestionado por el Servicio Forestal de EE. UU. De hecho, es una buena noticia para cualquiera que alguna vez haya soñado con tropezarse con algo así en una caminata.
Lo que cuentan cuatro pasos
Cada huella mide cerca de un metro de largo, coherente con un T. rex ya adulto y de varias toneladas de peso. Además, las estimaciones para ejemplares de este tamaño superan las 7 toneladas. Sin embargo, lo más interesante no es el tamaño de la huella en sí, sino la distancia entre ellas. Midiendo el espacio entre pasos consecutivos, los investigadores pudieron calcular la velocidad a la que caminaba el animal en ese momento concreto. Es un dato que ningún hueso, por completo que esté, puede revelar jamás.
El resultado: entre 5,5 y 7 km/h (poco más de 3 a 4,5 millas por hora), es decir, un paseo tranquilo, no una persecución. Comparado con el ritmo al que camina una persona adulta, no iba mucho más rápido que alguien dando un paseo dominical. Aun así, cada zancada suya equivalía a varias tuyas, y pesaba lo mismo que un autobús escolar.
Estas huellas de T. rex, a diferencia de los esqueletos, son lo que los paleontólogos llaman un registro de comportamiento congelado. No te dicen cómo era el animal. Te dicen, en cambio, qué estaba haciendo justo en ese instante, hace unos 66 millones de años, poco antes de que un asteroide reescribiera las reglas del planeta.
Por qué hay tantos huesos y tan pocas huellas de T. rex
Puede parecer raro que, con cientos de fósiles de T. rex catalogados, las huellas sean tan escasas. La explicación está en la química de la fosilización: un esqueleto necesita quedar enterrado rápido para no descomponerse. Una huella, en cambio, necesita justo lo contrario: un suelo blando que conserve la forma sin borrarla, y luego una sedimentación muy precisa encima para «sellarla». De lo contrario, la erosión, la lluvia o simplemente otro animal pasando por ahí acaban destruyéndola. Es una ventana de conservación muchísimo más estrecha. Por eso, encontrar una pista completa de varios pasos seguidos es mucho más raro que encontrar un fémur.
Esto convierte al hallazgo de Dakota del Norte en algo más que una curiosidad de museo. Es una de las pocas piezas que existen para reconstruir la biomecánica real del mayor depredador terrestre del Cretácico tardío. Va más allá de lo que permiten deducir los modelos computacionales a partir del esqueleto. Según recoge Sci.News, el equipo espera que el hallazgo anime a otros cazadores de fósiles, profesionales o aficionados. La idea es fijarse en el suelo y no solo en lo que sobresale de él. Al fin y al cabo, la próxima pista de huellas podría estar esperando, literalmente, a que alguien mire hacia abajo.
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Así que la próxima vez que imagines a un T. rex, piensa dos veces. Quizá la imagen correcta no sea la de una bestia corriendo a toda velocidad tras un yate en una película de dinosaurios. En cambio, piensa en un animal enorme, pesado y tranquilo, dando un paseo por el barro de lo que hoy es Dakota del Norte. Aquel T. rex no sabía que, 66 millones de años después, cuatro huecos en la roca iban a contar su historia.
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