Sales a la calle en pleno mediodía, el sol te da de lleno en la cara y, sin previo aviso, estornudas dos o tres veces seguidas. No tienes ningún resfriado, no hay polen a la vista y sin embargo tu nariz ha decidido dispararse sola. Si esto te suena, no estás roto: perteneces a un grupo de entre el 18% y el 35% de la población que tiene lo que la ciencia ha bautizado, con una sonrisa, como síndrome ACHOO (del inglés «Autosomal dominant Compelling Helio-Ophthalmic Outburst», algo así como «estallido helio-oftálmico compulsivo de herencia dominante»). Sí, alguien se rompió la cabeza para que las siglas formaran la palabra «achoo», que en inglés es el sonido de un estornudo.
Cables cruzados en tu propia cara
La explicación más aceptada no tiene nada que ver con alergias ni con el calor, sino con un cortocircuito neuronal bastante inocente. Cuando pasas de un sitio en penumbra a la luz intensa del sol, tus pupilas se contraen de golpe para adaptarse, y esa orden viaja por el nervio óptico. El problema es que este nervio discurre pegadísimo al nervio trigémino, el encargado de la sensibilidad de la cara y, entre otras cosas, de activar el estornudo. Según explica la Cleveland Clinic, la teoría más sólida es que ese chispazo repentino de actividad en el nervio óptico «se derrama» hacia el trigémino vecino, y tu cerebro interpreta la señal como si tuvieras algo irritándote la nariz. Resultado: un estornudo completamente inútil, disparado por error, solo porque dos cables nerviosos comparten barrio.
Es cosa de familia, literalmente
Lo más curioso es que este despiste neuronal no le pasa a cualquiera: es hereditario. Si uno de tus padres estornuda al sol, tú tienes alrededor de un 50% de probabilidades de heredar el mismo reflejo, porque se transmite con un patrón dominante. Estudios genéticos a gran escala han encontrado miles de marcadores de ADN asociados a este rasgo, con genes como ZEB2 y NRF2 entre los señalados como sospechosos habituales, aunque los investigadores coinciden en que no es «un» gen el culpable, sino la combinación de varios. Así que la próxima vez que tu tío estornude tres veces al bajar del coche en un día soleado, ya sabes a quién culpar en el árbol genealógico.
Síndrome ACHOO: ni alergia ni casualidad, solo un reflejo curioso
Lo tranquilizador es que el síndrome ACHOO es completamente inofensivo. No es una alergia al sol, no indica ningún problema de salud y no necesita tratamiento, más allá de llevar gafas de sol o entrecerrar los ojos al salir a la calle si te resulta molesto. Curiosamente, el mismo «cortocircuito» puede dispararse con otros estímulos que también implican un cambio brusco de estimulación sensorial cerca de la cara, como comer algo con menta muy intensa o depilarse las cejas. La primera vez que se documentó formalmente este fenómeno en la literatura médica fue en los años 60, aunque ya Aristóteles se había preguntado por qué mirar al sol provocaba estornudos, sin llegar a una respuesta convincente.
Así que si eres de los que estornuda al abrir las cortinas por la mañana, puedes dejar de sospechar de las plantas de tu vecino: probablemente sea, sencillamente, cuestión de genética y de dos nervios que viven demasiado cerca el uno del otro. De hecho, es un pariente cercano de por qué cortar cebolla te hace llorar tanto, otro reflejo disparado por error que nada tiene que ver con una alergia real.