Llevas tres cucharadas de helado devoradas a toda velocidad, feliz de la vida. Y, de repente, un pinchazo helado te atraviesa la frente, como si alguien te hubiera clavado un carámbano entre los ojos. Dura diez, veinte segundos como mucho, pero en ese momento jurarías que te están taladrando el cráneo. Lo curioso es que, a estas alturas, los científicos todavía no se ponen del todo de acuerdo en qué provoca exactamente el famoso brain freeze. Oficialmente, este dolor de cabeza del helado se llama “cefalea atribuida a la ingestión o inhalación de un estímulo frío”.
El sospechoso número uno: un nervio hipersensible
La teoría más aceptada apunta al nervio trigémino, el cable principal que transporta las sensaciones de dolor y temperatura desde la cara y la boca hasta el cerebro. El paladar se enfría de golpe, como pasa al tragar un helado o un granizado sin pausa. Parece que, en ese instante, el frío activa de forma brusca las fibras de este nervio. Hay además una variante de la teoría centrada en el ganglio esfenopalatino, un racimo de nervios situado justo detrás de la nariz. Este ganglio también entraría en juego al recibir ese chute de frío.
El otro sospechoso: una arteria que se dilata de más
Durante años la explicación favorita fue puramente vascular. Los vasos sanguíneos de la boca y los senos nasales se contraen de golpe por el frío y luego se dilatan igual de rápido. Ese vaivén, dicen, sería lo que duele. Un estudio de 2012 presentado en la conferencia Experimental Biology, con participación de investigadores de Harvard, fue más allá. Usando ecografía Doppler transcraneal, observaron que el brain freeze coincide con una dilatación repentina de la arteria cerebral anterior, que inunda el cerebro de sangre de golpe. Esa avalancha de riego sanguíneo sería la que dispara la señal de dolor. El estudio era pequeño —apenas 27 personas— así que se toma como una pista sólida, no como la última palabra.
La hipótesis que gana terreno ahora es que no hay un único culpable. Nervios y vasos sanguíneos estarían actuando a la vez, retroalimentándose, lo que explicaría por qué el dolor aparece y desaparece tan rápido y por qué cuesta tanto estudiarlo en el laboratorio. Al fin y al cabo, es difícil analizar algo que se esfuma en veinte segundos.
¿Tiene algo que ver con la migraña?
Aquí la ciencia se contradice un poco a sí misma. Un estudio con 669 mujeres encontró algo llamativo. Quienes habían sufrido migrañas en el último año tenían el doble de probabilidades de notar dolor de cabeza tras beber agua helada. Pero un experimento de 1992 obtuvo el resultado contrario. A la gente con migraña le costaba más, no menos, que les diera un brain freeze. Para rematar la confusión, un estudio de 2020 con más de 8.000 personas no encontró diferencias en la frecuencia. Sin embargo, sí notó que, cuando a alguien con migraña le daba, el dolor solía ser más intenso. Vamos, que la relación existe, pero nadie sabe todavía explicarla del todo bien.
¿Y cómo se evita el brain freeze?
La prevalencia es alta. En una encuesta a más de 8.000 adolescentes, el 41% reconoció haber sufrido un brain freeze alguna vez. En otro estudio con adultos, la cifra rondaba la mitad. El consejo práctico, aunque nace más del sentido común que de un ensayo clínico definitivo, es sencillo. Come o bebe el helado despacio. Cuanto más rápido llega el frío a la parte posterior del paladar, antes se dispara el mecanismo. Da igual cuál sea el mecanismo exacto que esté detrás. Si notas que viene el pinchazo, presionar la lengua contra el paladar o beber algo templado suele cortarlo en seco.
Así que la próxima vez que un helado te deje con cara de circunstancias en pleno verano, puedes consolarte sabiendo algo: ni la ciencia tiene aún la respuesta definitiva. Como mínimo, ya tienes una excusa estupenda para comerte el siguiente cucurucho más despacio. Si te llaman la atención estos cortocircuitos curiosos del cuerpo, no te pierdas el síndrome ACHOO, el reflejo que hace estornudar a algunas personas con solo mirar al sol. Puedes leer el repaso científico completo sobre el brain freeze en BBC Science Focus.
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