Aquí va un dato que suena a broma pero es real. Llegar a Mercurio le está costando a la sonda europeo-japonesa BepiColombo casi tanto tiempo como le costó a la misión New Horizons llegar a Plutón. Y eso que Mercurio es el planeta que literalmente tenemos al lado, mientras que Plutón está en las afueras del sistema solar. New Horizons tardó nueve años y medio. BepiColombo, lanzada el 20 de octubre de 2018, entrará por fin en órbita de Mercurio el 21 de noviembre de 2026. Son más de ocho años de viaje para recorrer, en términos cósmicos, cuatro casas más allá.
¿Por qué tarda tanto ir al planeta más cercano al Sol? La respuesta tiene que ver con una paradoja que lleva volviendo locos a los ingenieros espaciales desde los años 70.
Frenar nueve veces: la clave para llegar a Mercurio
Para entrar en órbita de Mercurio, BepiColombo no necesita acelerar: necesita frenar, y mucho. Cuanto más te acercas al Sol, más fuerte te atrae su gravedad y más rápido caes hacia él. Por eso, una nave que sale de la Tierra en dirección a Mercurio llega disparada, con demasiada velocidad para quedar atrapada por la gravedad, relativamente débil, del planeta. Si no frenas lo suficiente, simplemente pasas de largo.
La solución de la misión, diseñada por la Agencia Espacial Europea (ESA), ha sido usar la gravedad de los propios planetas como freno de mano gigante. BepiColombo ha hecho nueve sobrevuelos a lo largo de su viaje. Entre ellos, uno a la Tierra, dos a Venus y seis —sí, seis— al propio Mercurio. A eso se suman largos tramos propulsados por motores iónicos de baja potencia, que van recortando velocidad centímetro a centímetro. Cada sobrevuelo le «roba» un poquito de energía orbital a la nave, como si fuera frenando en una bajada dando toquecitos al freno en vez de pisar a fondo.
Un contratiempo de última hora
El plan original apuntaba a diciembre de 2025. Pero en septiembre de 2024, el equipo de la ESA detectó que los propulsores eléctricos de la nave estaban dando menos empuje del esperado, justo antes del cuarto sobrevuelo de Mercurio. La solución fue alargar la trayectoria casi un año entero para compensar la pérdida de potencia, lo que movió la fecha de llegada a noviembre de 2026. A principios de septiembre de este año, BepiColombo se desprendió del módulo de transferencia que la había acompañado desde el lanzamiento. Fue el último paso antes del tramo final de aproximación.
Una vez en órbita, la nave se separará en dos orbitadores independientes en torno al 9-10 de diciembre, cada uno con sus propios instrumentos. En realidad son dos naves ancladas entre sí, una europea y otra japonesa. No empezarán a funcionar a pleno rendimiento hasta marzo o abril de 2027: llegar a Mercurio, está claro, no es un sprint, sino una maratón con obstáculos.
Por qué merece la pena tanto esfuerzo
Mercurio es un planeta rarísimo y lo sabemos mal. Es el único planeta rocoso, junto con la Tierra, que conserva un campo magnético global activo. Eso no debería tener según los modelos clásicos, ya que es demasiado pequeño y se enfrió demasiado rápido para seguir teniendo un núcleo metálico en movimiento. Y encima tiene un núcleo descomunal: ocupa en torno al 85% del volumen del planeta, frente al 15% que ocupa el de la Tierra. Nadie tiene del todo claro por qué. Tampoco está nada claro, de hecho, por qué Mercurio ni siquiera es el planeta más caliente del sistema solar, pese a ser el más próximo al Sol.
BepiColombo será solo la segunda misión de la historia en orbitar Mercurio, después de la sonda MESSENGER de la NASA (2011-2015). Viene con instrumentos más precisos para estudiar ese campo magnético, mapear la composición de la superficie y buscar hielo de agua escondido en cráteres del polo que nunca ven la luz del Sol. Si todo va bien, dentro de pocos meses empezaremos a entender por fin qué esconde ese vecino abrasado y magnéticamente imposible que tenemos a 77 millones de kilómetros. Por algo tan raro, merecía la pena tardar tanto en llegar a Mercurio.
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