La guerra que Australia perdió contra los emús (sí, los pájaros)

En noviembre de 1932, el ejército australiano se enfrentó a un enemigo que no llevaba armas, no tenía bandera y, técnicamente, ni siquiera sabía que estaba en guerra: unos 20.000 emús. Y perdió. No es una leyenda urbana ni un meme exagerado: es un episodio real de la historia militar australiana que hoy se conoce, sin ironía, como la Guerra del Emú.

Todo empezó con un problema muy poco marcial: la agricultura. Tras la Primera Guerra Mundial, el gobierno australiano había entregado tierras en Campion, en el oeste del país, a veteranos para que las cultivaran. El problema es que llegaron en plena Gran Depresión, con las cosechas de trigo por los suelos y, para colmo, con la llegada estacional de miles de emús que migraban hacia el interior en busca de agua y comida. Los pájaros, gigantes y curiosos, encontraron en los campos de trigo recién plantados un bufé libre y arrasaron con todo.

Cuando llamas al ejército para cazar pájaros

Los granjeros, desesperados, pidieron ayuda al gobierno, y alguien tuvo la idea que sobre el papel sonaba infalible: enviar al ejército con ametralladoras Lewis, las mismas que se habían usado en las trincheras de la Gran Guerra. Al mando estaba el mayor Gwynydd Meredith, convencido de que un par de soldados con armamento automático despacharían el problema en una tarde.

La realidad fue muy distinta. Los emús, con sus casi 1,90 metros de altura, resultaron ser blancos sorprendentemente difíciles: corren hasta 50 km/h en zigzag, se dispersan en cuanto detectan peligro y, cuando reciben un disparo que no es certero, simplemente siguen corriendo como si nada. En una de las emboscadas más comentadas, más de mil emús se acercaron a una represa, pero la ametralladora se encasquilló tras abatir solo una docena antes de que el resto escapara.

El propio Meredith terminó rindiendo honores al enemigo con una frase que ha pasado a la historia: «pueden enfrentarse a las ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques», dijo, comparándolos con guerreros zulúes a los que ni las balas expansivas lograban detener. Tras casi dos meses de operación, más de 10.000 balas disparadas y menos de mil emús abatidos de una población que se contaba por decenas de miles, el ejército se retiró oficialmente de la contienda.

La derrota que dio la vuelta al mundo

La noticia se convirtió en el hazmerreír de la prensa internacional, y en el propio parlamento australiano se debatió el fiasco con bastante mordacidad. Uno de los pocos consuelos militares fue que, según los partes oficiales, no hubo bajas humanas que lamentar, aunque sí bastante orgullo herido. Al final, el gobierno optó por una solución mucho menos gloriosa pero mucho más eficaz: pagar recompensas a los propios granjeros por cada emú cazado. En apenas seis meses se cobraron unas 57.000 recompensas, muchas más que todo lo conseguido por el ejército en dos meses de campaña armada con ametralladoras.

Hoy la Guerra del Emú se estudia como un caso curioso sobre los límites de aplicar soluciones militares a problemas que en realidad son ecológicos, y el emú sigue siendo, con humor, un símbolo nacional de resistencia en Australia: aparece incluso en el escudo de armas del país, justo al lado del canguro, como recordando quién ganó aquel enfrentamiento. Puedes leer más detalles de este curioso episodio en Britannica.

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