Piénsalo un segundo: aquel verano de cuando tenías ocho años, con sus tres meses libres, se te hace en el recuerdo casi tan largo como los últimos cinco años juntos. Y sin embargo el año pasado, con sus 365 días completitos, parece que duró lo que un fin de semana largo. No es que se te esté yendo la cabeza: es un efecto real, medido y con nombre propio, y la ciencia lleva más de un siglo intentando explicarlo.
En 1877 el filósofo francés Paul Janet propuso una idea tan simple que asusta: percibimos la duración de un periodo de tiempo en proporción a la vida que ya llevamos vivida. Para un crío de 5 años, un verano es la quinceava parte de todo lo que ha existido hasta entonces; para un adulto de 50, ese mismo verano es apenas la doscientava parte de su vida. El calendario mide los mismos noventa días para los dos, pero el cerebro los pesa de forma completamente distinta. A esto se le conoce como la ley de Janet, y explica por qué esa década entre los 40 y los 50 puede sentirse, subjetivamente, tan «larga» como aquellas vacaciones de infancia.
El cerebro archiva lo nuevo, no lo repetido
La proporción matemática es solo media explicación. La otra mitad tiene que ver con cómo construimos los recuerdos. El cerebro no graba el tiempo como una cinta continua: archiva momentos, y cuantos más momentos distintos guarda de un periodo, más largo lo recordamos después. De niños, casi todo es nuevo —el cole, los amigos, montar en bici sin ruedines, el sabor de un helado que no habías probado— así que cada semana deja un montón de «fotos» en la memoria. De adultos, en cambio, muchos días se parecen tanto entre sí (el mismo trayecto, la misma rutina, las mismas caras) que el cerebro los archiva juntos, casi como si fueran uno solo. Al mirar atrás, un año lleno de rutina ocupa mucho menos «espacio narrativo» que un verano lleno de estrenos, aunque haya durado objetivamente más.
El reloj interno también se ralentiza
Hay una tercera pieza, más biológica: a medida que envejecemos, el ritmo al que el cerebro procesa la información visual se vuelve algo más lento, entre otras cosas porque las redes de neuronas son más grandes y las señales tienen más distancia que recorrer. Algunos investigadores comparan el efecto con una cámara que graba a menos fotogramas por segundo: cuantos menos «fotogramas» percibidos por unidad de tiempo, más rápido parece pasar todo cuando luego reproduces la grabación mental. Es la misma lógica, a otra escala, que hace que el corazón acelerado de un niño le haga vivir «más latidos» por hora que a un adulto con el pulso más pausado.
¿Se puede frenar el tiempo?
La buena noticia es que, si la novedad es la que infla nuestra percepción del tiempo, basta con fabricar más novedad. No hace falta mudarse de país: aprender algo que no dominas, cambiar de ruta al trabajo, probar una comida distinta o meterte en una conversación con alguien a quien no conocías añade «fotos» nuevas al álbum. Cuantas más experiencias distintas acumules en un mismo mes, más largo te parecerá ese mes cuando mires hacia atrás dentro de veinte años. Así que la próxima vez que sientas que el año se te ha escapado entre los dedos, no es cosa tuya: es matemática proporcional, memoria selectiva y neuronas algo más lentas, todo a la vez. Puedes leer más sobre las distintas teorías que sustentan este fenómeno en este artículo de Scientific American.