Pon la oreja junto a un gato dormido y ronroneando durante un buen rato. Ese motorcito no se cansa, no pierde el ritmo y sigue funcionando tanto si el gato inhala como si exhala. Durante décadas, la ciencia dio por hecho que sabía por qué: el cerebro del gato actuaba como un metrónomo, enviando entre 20 y 30 órdenes por segundo a los músculos de la laringe para que se abriera y cerrara sin parar. Un estudio publicado en 2023 en la revista Current Biology le dio la vuelta a esa idea con un experimento tan simple como incómodo: laringes de gato completamente desconectadas del cerebro, que ronroneaban igual.
La teoría de toda la vida: un cerebro haciendo de metrónomo
La explicación clásica del ronroneo decía que se trataba de un caso único entre los sonidos animales: un oscilador neuronal en el cerebro mandaba señales rítmicas constantes a los músculos de la laringe, obligándolos a contraerse y relajarse decenas de veces por segundo. Ese tira y afloja muscular abriría y cerraría las cuerdas vocales de forma controlada, generando el característico zumbido grave tanto al coger aire como al soltarlo. Tenía sentido: ningún otro sonido felino se produce así, ni siquiera el maullido. El problema es que nadie lo había puesto realmente a prueba fuera de un gato vivo, con su cerebro intacto y en marcha.
El experimento: laringes sin ni un solo impulso nervioso
El equipo liderado por el investigador Christian Herbst, de la Universidad de Viena, consiguió laringes de ocho gatos (procedentes de animales fallecidos por causas ajenas al estudio) y las montó en un dispositivo que empujaba aire cálido y húmedo a través de ellas, simulando una respiración, pero sin ningún tipo de conexión nerviosa ni control muscular activo. Si la vieja teoría era correcta, aquello debería haber sonado a silencio o, como mucho, a un pitido sin gracia. En vez de eso, las ocho laringes generaron oscilaciones autosostenidas a una frecuencia de entre 25 y 30 hercios, justo el rango típico del ronroneo. Sin cerebro, sin músculos activos, sin nada. Solo aire pasando por el sitio correcto.
El secreto está en un cojín de grasa
¿Cómo puede un trozo de tejido muerto vibrar solo a la frecuencia exacta del ronroneo? La respuesta está en la anatomía de las cuerdas vocales del gato, que incorporan unas almohadillas de tejido graso de apenas unos 4 milímetros, hechas de fibras elásticas y colágeno, incrustadas a lo largo del borde de las cuerdas. Esa masa extra cambia por completo la física del asunto: hace que las cuerdas puedan vibrar de forma estable a frecuencias mucho más bajas de lo habitual, sin necesidad de que ningún músculo las esté abriendo y cerrando activamente. Los investigadores lo comparan con la llamada «vocal fry» o voz de cuerda, ese registro grave y como crujiente que usan cantantes como Britney Spears en ciertos pasajes: un modo de vibración pasivo y aerodinámico, no un esfuerzo muscular constante.
La conclusión no es que el cerebro no pinte nada —probablemente sigue siendo el que «enciende» el ronroneo, como quien pulsa un interruptor— sino que, una vez arrancado, el propio diseño de la laringe felina se encarga de mantenerlo funcionando casi en automático. Lo cual, para ser justos, explica bastante bien por qué un gato puede seguir ronroneando plácidamente mientras duerme como un tronco: si dependiera de un bombardeo constante de órdenes cerebrales muy precisas, sería un truco agotador de mantener durante una siesta de tres horas. Resulta que, incluso en fisiología, a veces la solución más elegante es simplemente dejar que la física haga el trabajo sucio.
Puedes consultar el estudio original y su cobertura en Science (AAAS).
1 comentario en «El ronroneo de los gatos no lo dirige el cerebro: la ciencia encontró el verdadero truco»