En 1912, un tirador llamado Walter Winans subió al podio olímpico de Estocolmo… por una escultura. Winans ya tenía un oro colgado del cuello desde los Juegos de Londres de 1908, ganado a tiro limpio en la modalidad de «ciervo corredor» (un blanco con forma de venado que se deslizaba sobre raíles). Pero en 1912 no compitió con un rifle, sino con un cincel: presentó una estatuilla de bronce titulada An American Trotter y se llevó el oro en la categoría de escultura. Sí, has leído bien: hubo un tiempo en que el arte era, oficialmente, un deporte olímpico.
La idea de un barón obsesionado con la belleza
El responsable de este experimento fue Pierre de Coubertin, el mismo aristócrata francés que resucitó los Juegos Olímpicos modernos en 1896. Para Coubertin, separar el cuerpo del intelecto era un error: la Grecia clásica que tanto admiraba no distinguía entre el atletismo y las artes, así que insistió durante años hasta que logró colar su idea en el programa oficial de Estocolmo 1912.
Nacieron así los Concursos de Arte Olímpicos, con cinco categorías que competían igual que los velocistas o los nadadores: arquitectura, escultura, pintura, música y literatura. Eso sí, con una condición innegociable: cada obra tenía que estar directamente inspirada por el deporte. Nada de paisajes bucólicos ni retratos familiares; se premiaba un poema sobre una carrera, una sinfonía sobre el esfuerzo atlético o un edificio pensado para un estadio.
El propio Coubertin hizo trampa (y ganó)
Aquí viene la parte más divertida. En esos mismos Juegos de 1912, se presentó a la categoría de literatura un poema titulado Oda al deporte, firmado por dos autores desconocidos: Georges Hohrod y Martin Eschbach. Ganó la medalla de oro. Décadas después se supo la verdad: los dos «autores» eran, en realidad, el propio Pierre de Coubertin, que se había inventado un pseudónimo doble para no parecer que se premiaba a sí mismo desde su posición de presidente del Comité Olímpico Internacional. Un conflicto de intereses de manual, pero con estilo.
151 medallas y un problema irresoluble
Entre 1912 y 1948, los jurados olímpicos repartieron un total de 151 medallas por obras de arte relacionadas con el deporte, según recoge el Comité Olímpico Internacional. Escultores, pintores, arquitectos y compositores de medio mundo mandaban sus obras para ser evaluadas por jurados internacionales, exactamente igual que un lanzador de jabalina espera su marca.
El problema fue, precisamente, ese: a diferencia de un salto de longitud, que se mide con una cinta métrica, nadie se ponía de acuerdo en qué convertía a un cuadro en «mejor» que otro. Además, el ideario olímpico de la época exigía que los competidores fueran amateurs puros, y resultaba absurdo pedirle a un compositor profesional que ganara dinero de otra forma para poder concursar. La contradicción se hizo insostenible y, tras los Juegos de Londres de 1948, el Comité Olímpico Internacional decidió retirar las competiciones de arte del programa oficial.
Un pequeño consuelo con exposiciones
En su lugar, desde los Juegos de Helsinki 1952 se empezaron a organizar exposiciones de arte relacionadas con los Juegos, pero ya sin medallas ni podios: solo para admirar, no para competir. Así terminó, de forma casi silenciosa, una de las curiosidades más olvidadas de la historia olímpica: casi cuatro décadas en las que ganar el oro no dependía de tus piernas ni de tus pulmones, sino de tu talento con un pincel, una pluma o un compás.
Así que la próxima vez que alguien te diga que «el arte y el deporte no tienen nada que ver», ya sabes qué responder: durante 36 años, en los Juegos Olímpicos, sí lo tuvieron, y hasta hubo quien ganó medallas en ambos frentes.