Hallado el viento del agujero negro de la Vía Láctea

Los agujeros negros tienen fama de ser puro apetito: tragan estrellas, gas y luz sin devolver nada. Pero la física lleva medio siglo insistiendo en que eso no es del todo cierto — que un agujero negro también debería “exhalar”, lanzando parte de ese material de vuelta al espacio en forma de viento abrasador. El problema es que nadie había conseguido ver ese viento del agujero negro que tenemos más a mano: Sagitario A*, el gigante de 4 millones de masas solares que vive en el centro de la Vía Láctea. Hasta ahora.

El viento del agujero negro que llevaba 50 años escondido

Desde los años 70, los astrofísicos dan por hecho que los agujeros negros supermasivos generan vientos: chorros de partículas calentadas a millones de grados que salen disparadas desde sus alrededores antes de cruzar el horizonte de sucesos. Se han detectado en agujeros negros de otras galaxias, mucho más activos y brillantes. Pero Sagitario A* es un agujero negro tranquilo, casi perezoso, y su posible viento quedaba enterrado bajo el resplandor de radio del propio centro galáctico. Buscarlo era como intentar oír un susurro al lado de un altavoz a todo volumen.

Cómo lo encontraron: restar el ruido hasta que aparece el hueco

Un equipo liderado por el astrónomo Mark Gorski, de la Universidad Northwestern, ha usado más de cinco años de observaciones del radiotelescopio ALMA, en Chile, para cartografiar el gas frío de monóxido de carbono que rodea Sagitario A* en un radio de apenas tres años luz. Al eliminar cuidadosamente el resplandor de fondo del agujero negro, apareció algo que no debería estar ahí: un enorme hueco en forma de cono, de casi un parsec de largo (unos 3,3 años luz) y 45 grados de ancho, completamente vacío de gas frío.

Ese vacío por sí solo ya era sospechoso. La confirmación llegó al cruzar los datos con el observatorio de rayos X Chandra, de la NASA: justo donde el gas frío desaparecía, había gas caliente emitiendo rayos X, con la misma forma de cono. La única explicación que encaja es que el viento del agujero negro, lanzado desde sus inmediaciones, ha estado barriendo y calentando esa región durante mucho tiempo, dejando literalmente una cicatriz con su forma en el material que lo rodea.

Por qué importa que un agujero negro “respire”

Este hallazgo, publicado en The Astrophysical Journal Letters, no es solo una curiosidad astronómica. Confirma una pieza clave de cómo los agujeros negros supermasivos regulan el crecimiento de las galaxias que habitan. Al expulsar y calentar el gas de su entorno, estos vientos frenan la formación de nuevas estrellas cerca del centro galáctico, actuando como una especie de termostato cósmico. Se llevaba décadas asumiendo este mecanismo en base a modelos teóricos y a agujeros negros lejanos; verlo por fin en nuestro propio patio trasero galáctico —a “solo” 26.000 años luz— permite estudiarlo con un detalle que ninguna otra galaxia permite.

Así que la próxima vez que mires hacia la constelación de Sagitario una noche despejada, piensa que ahí, en el centro exacto de la galaxia, hay un monstruo de gravedad que no se limita a tragar: también sopla. Y a los astrónomos les ha costado cincuenta años pillarlo con las manos en la masa, o mejor dicho, con el aliento en el gas. Si los agujeros negros te dejan con más preguntas que respuestas, no eres el único: los hay incluso más antiguos que el propio Big Bang.

Puedes consultar los detalles originales del hallazgo en Northwestern Now.

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