Una arqueóloga está agachada en una zanja de obras, en pleno centro de una ciudad noruega. Es un tranquilo día de verano. De repente, algo brilla entre la tierra removida: un anillo de oro medieval, macizo e intacto. Llevaba más de 800 años esperando ahí abajo, a apenas unos centímetros del asfalto por el que pasa la gente cada día sin sospechar nada.
Así fue, más o menos, como la arqueóloga Linda Åsheim encontró este anillo en Tønsberg. Esta ciudad está considerada la más antigua de Noruega. Además, no fue un yacimiento remoto ni una excavación planificada para buscar tesoros. El equipo del Instituto Noruego de Investigación del Patrimonio Cultural (NIKU) llevaba dos temporadas excavando ahí. Sin embargo, el motivo era bastante menos romántico: un proyecto municipal de alcantarillado. A veces, la arqueología más emocionante aparece mientras se buscan tuberías.
Un anillo de oro medieval con mucha información dentro
El anillo apareció a solo 7 centímetros de profundidad, dentro de una capa de cultivo. De hecho, esa capa, en sí misma, no se pudo datar con precisión. Sin embargo, una ramita de abeto hallada justo en la capa superior sí se analizó. Tiene entre 850 y 950 años, de los años 1167 a 1269. Eso sitúa el anillo, como muy tarde, en la Edad Media noruega.
Es una pieza pequeña y delicada: mide entre 50 y 55 milímetros de circunferencia interior. En tallas actuales, eso equivaldría más o menos a un anillo de talla 9-15 (US 5.25-7.25). Por ese tamaño, los investigadores creen que perteneció a una mujer. Además, está decorado con finísimas espirales de filigrana y diminutas cuentas granuladas alrededor de una piedra azul oscuro engastada en el centro. Esa piedra probablemente ni siquiera sea de verdad, sino un trozo de vidrio azul tallado para imitar un zafiro. Así que, ya en el siglo XII, a la gente le gustaba lucir bisutería de calidad sin arruinarse.
Una técnica que viajó medio continente
Lo curioso es que las técnicas usadas para hacer este anillo de oro medieval no son de origen noruego. La filigrana y la granulación llegaron a Escandinavia procedentes del Imperio bizantino, a través de la tradición orfebre carolingia. En cambio, el motivo de espirales en la parte superior es típico de piezas fabricadas entre los siglos IX y XI en Escandinavia e Inglaterra. Es decir, este pequeño anillo es en realidad un mapa de rutas comerciales y culturales. Es oro que probablemente pasó por varias manos, estilos y fronteras. Así, acabó en el dedo de alguien en un puerto noruego.
La base de datos nacional de bienes culturales de Noruega registra unos 220 anillos de oro en el país. De ellos, solo 63 son medievales. Además, no se encontraba un anillo comparable en Tønsberg desde hacía unos 15 años. Así que no es exagerado decir que los arqueólogos se llevaron un buen subidón de adrenalina ese día.
¿Joya, amuleto o las dos cosas?
Más allá del valor material, este tipo de anillos con piedra central solían tener también un componente simbólico. Ya en la Edad Media, algunas fuentes atribuían a las piedras engastadas propiedades protectoras o incluso curativas. Por eso, era una especie de amuleto discreto que se podía llevar puesto sin levantar sospechas. No hay forma de confirmar qué significaba exactamente para su dueña. Aun así, es un recordatorio de que la joyería, ya entonces, mezclaba estética, estatus y un poquito de superstición, más o menos como ahora con los cuarzos y las pulseras «energéticas».
Lo que sí está claro es que este anillo de oro medieval sobrevivió casi 900 años enterrado bajo una calle. Todo cambió cuando unas obras de saneamiento lo trajeron de vuelta a la superficie. Por tanto, es un buen recordatorio de que, literalmente, nunca se sabe qué hay bajo nuestros pies. Por otro lado, este no es el único metal precioso que ha aparecido donde nadie lo esperaba: hace poco contamos la historia del oro en la pared que un becario halló en Bélgica.
Puedes leer el reportaje original, con más detalles de la excavación, en The History Blog.