Kobe tiene 18 años, este verano curraba de peón en una obra y, cuando encontró las primeras piezas doradas entre los cascotes, pensó que eran monedas de un euro. No lo eran. Había dado con oro en la pared: un tesoro de 49 lingotes numerados y miles de monedas y pepitas, escondido durante décadas dentro de un muro, que hoy se calcula en unos 9 millones de euros (cerca de 10,4 millones de dólares).
El hallazgo ocurrió el martes 11 de agosto en Sint-Gillis, un barrio de la localidad de Dendermonde, en Flandes (Bélgica). Un equipo de obreros abría una zanja para instalar una nueva tubería de saneamiento bajo una villa del siglo XIX cuando topó con un muro de ladrillo que no debería estar ahí. Al romperlo, apareció una bolsa sellada a rebosar de metal precioso: el oro en la pared llevaba ahí escondido varias décadas.
Una villa con pasado cervecero
El edificio no es una casa cualquiera: se le conoce como el Brouwershuis («la casa del cervecero») y perteneció a Théophile Van Assche, dueño de una fábrica de cerveza que estuvo en marcha entre 1899 y 1970. Hoy la villa es propiedad de una entidad de bienestar social, CAW Oost-Vlaanderen, que la está reformando para convertirla en oficinas y viviendas — de ahí las obras que sacaron el tesoro a la luz después de tantos años calladito.
Nadie sabe todavía quién metió el oro en la pared ni por qué, aunque, dado el momento histórico y el perfil de la casa, la hipótesis más manejada es la de siempre: alguien quiso poner sus ahorros a salvo de una guerra, una crisis o un fisco poco discreto, y por la razón que fuera nunca volvió a por ellos. Los peritos que han examinado las piezas confirman que son auténticas y que el escondite fue totalmente deliberado: la bolsa estaba sellada y encajada dentro de la propia obra de ladrillo, no perdida ahí por accidente.
¿Y ahora quién se queda el oro de la pared?
En cuanto apareció el primer lingote, los obreros avisaron a la policía, que catalogó cada pieza y la trasladó a una cámara acorazada del Gobierno federal belga mientras la fiscalía investiga su procedencia. Y aquí es donde el caso se pone interesante desde el punto de vista legal: en Bélgica, si alguien puede demostrar que el tesoro es suyo (o de su familia), tiene cinco años para reclamarlo formalmente.
Si pasa ese plazo y nadie aparece, entra en juego el derecho civil belga sobre «tesoros» propiamente dichos. Si se demuestra que el oro fue escondido deliberadamente por su dueño con intención de recuperarlo algún día, pasa a la herencia de esa persona o de sus descendientes. Pero si se considera que fue simplemente abandonado o perdido, la ley reparte el hallazgo entre quien lo encontró y quien es dueño del terreno donde apareció — siempre que no haya de por medio ningún delito, claro.
Eso deja a Kobe en un limbo curioso: por ahora no tiene derecho automático a quedarse con nada, pero según ha contado a la prensa local, sí espera recibir algún tipo de recompensa por haber sido tan honesto. Y hay que reconocerle el mérito: pocas cosas separan tanto a un becario de verano cualquiera de uno con anécdota para toda la vida como toparte con oro en la pared por valor de 9 millones de euros y decidir llamar a la policía en vez de a un colega con una furgoneta grande.
Por ahora el caso sigue abierto. La villa continuará su reforma y la fiscalía seguirá tirando del hilo para dar con algún heredero despistado. No es el único tesoro insospechado que ha aparecido escondido en un lugar cotidiano: hace unas semanas fue un anillo de oro medieval bajo una calle noruega. En Dendermonde ya hay quien bromea con que cualquier obra en un edificio centenario merece, como mínimo, echarle un vistazo más atento a las paredes antes de tirarlas abajo. Puedes leer más detalles del hallazgo en CBS News.
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