En mayo de 2024 se formó un nuevo cráter lunar: algo golpeó la Luna con la fuerza suficiente para abrir un agujero de más de 220 metros de ancho y remover material a más de 100 kilómetros a la redonda. De hecho, nadie se enteró en su momento. La cámara de gran angular de la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO) de la NASA fotografió la zona poco después, pero la imagen se quedó archivada entre los millones de fotos que la nave envía cada mes. Sin embargo, tuvieron que pasar más de un año para que alguien la mirara con atención y se diera cuenta de que allí, donde antes no había nada, ahora había un cráter nuevo.
El hallazgo, confirmado a principios de 2026 y descrito por medios como Scientific American, no es un cráter cualquiera: es el mayor cráter de formación reciente jamás documentado en todo el sistema solar. Es tres veces más grande que el anterior récord, que la propia LRO había detectado una década antes.
La LRO lleva orbitando la Luna desde 2009, tomando fotografías de casi toda su superficie una y otra vez precisamente para poder comparar “antes” y “después” y cazar cambios como este. Es un trabajo de aguja en un pajar: la nave genera tal cantidad de imágenes que buena parte de los descubrimientos, como este nuevo cráter lunar, no se hacen al momento. Salen a la luz meses o años después, cuando alguien —persona o algoritmo— repasa el archivo con otros ojos. Este tipo de hallazgos tardíos no es raro en la exploración espacial: algo parecido le pasó a Ariel, la luna de Urano cuyo océano escondido pasó inadvertido durante décadas de datos de la sonda Voyager 2.
El nuevo cráter lunar que se delató por el frío
Además, la forma en que se descubrió es casi tan interesante como el cráter en sí. El impacto —probablemente un fragmento de asteroide o cometa de pocos metros— removió tanta roca fresca del subsuelo lunar que dejó una especie de “cicatriz térmica” de unos 7 kilómetros de ancho alrededor del punto de impacto. Ese material recién expuesto retiene el calor de forma distinta al polvo lunar de siempre, así que durante las noches lunares se enfría más deprisa y aparece como una mancha fría en las imágenes infrarrojas. Fue justo esa anomalía térmica la pista que llevó a los científicos a revisar las fotos antiguas y confirmar que, en efecto, ahí había un cráter que un año antes no existía.
Las dimensiones finales: unos 222 metros de diámetro y 43 metros de profundidad, con material expulsado (la “eyecta”) esparcido en un radio superior a los 100 kilómetros. Para hacerse una idea, es un agujero casi tan ancho como dos campos de fútbol puestos en fila, abierto en cuestión de segundos.
Por qué a la NASA le importa tanto un agujero en la Luna
Los científicos calculan que un impacto de este tamaño solo ocurre, en promedio, una vez cada 132 años en toda la superficie lunar. Que se haya podido documentar en tiempo casi real —con fecha de formación conocida con semanas de margen— convierte al cráter en un raro laboratorio natural. Ya bautizado en honor a Thomas McGetchin, antiguo director del Instituto Lunar y Planetario de Houston, permite estudiar cómo se comporta el suelo lunar recién fracturado, algo que hasta ahora solo se podía inferir de cráteres con miles o millones de años.
De hecho, ese dato no es solo curiosidad académica. La NASA prepara el terreno (literalmente) para futuras bases tripuladas en la Luna dentro del programa Artemis. Por eso, entender con qué frecuencia y violencia caen estos impactos —capaces de lanzar rocas y polvo a gran velocidad y distancia— es información directamente relevante para decidir dónde y cómo construir instalaciones que sean seguras a largo plazo.
Así que la próxima vez que mires la Luna una noche despejada, piensa que su cara, aparentemente inmutable desde hace eones, en realidad se sigue reordenando el mobiliario de vez en cuando. Solo que, hasta ahora, casi nunca la pillábamos con las manos en la masa formando un nuevo cráter lunar.