El portaaviones de hielo que casi cambió la guerra

En 1942, los submarinos alemanes hundían buques aliados como si fueran patitos de feria en mitad del Atlántico. Por eso, un excéntrico inventor británico llamado Geoffrey Pyke propuso una solución que hoy sonaría a chiste de bar: construir un portaaviones de hielo gigantesco. Lo más sorprendente no es que alguien lo pensara, sino que Winston Churchill diera luz verde para intentarlo de verdad.

El problema que se quería resolver era serio. En el centro del Atlántico Norte existía una zona —apodada el “agujero negro”— demasiado lejos de cualquier base aérea en tierra. Ahí, fuera del alcance de los cazas de escolta, los submarinos alemanes atacaban los convoyes de suministros casi sin oposición. Hacían falta más portaaviones para cubrir ese hueco. Sin embargo, el acero y los astilleros ya estaban saturados por el resto del esfuerzo bélico. La respuesta de Pyke: si no hay acero, que sea hielo.

Una reacción en dos pasos: así nació el portaaviones de hielo

El hielo normal es frágil y se astilla con facilidad. Por eso, el verdadero hallazgo no fue usar hielo, sino inventar un material nuevo: el pykrete (bautizado con el apellido de Pyke), una mezcla de agua congelada con alrededor de un 14% de pulpa de madera. El resultado era mucho más resistente a los impactos que el hielo puro y se fundía mucho más despacio. De hecho, según cuentan varias crónicas de la época recogidas por la Wikipedia del Proyecto Habakkuk, hasta era capaz de desviar una bala.

Se cuenta que, durante la Conferencia de Quebec de 1943, Lord Mountbatten —el gran valedor del proyecto ante el Alto Mando aliado— quiso demostrar las propiedades del material de forma espectacular. Disparó con su pistola a un bloque de hielo normal, que se hizo añicos, y luego a un bloque de pykrete, del que la bala habría salido rebotada zumbando entre las piernas de los generales presentes. Esta anécdota se repite en varias fuentes históricas, aunque los detalles no siempre coinciden —no está del todo claro a quién estuvo a punto de rozar el rebote—. Aun así, probablemente esté algo exagerada con los años, pero refleja bien hasta qué punto el material impresionaba a quienes lo veían en persona.

Un buque de 600 metros con paredes de hielo

El plan, bautizado Proyecto Habakkuk (en referencia a un pasaje bíblico sobre una obra “que no creeríais aunque os la contaran”), imaginaba un buque de unos 600 metros de largo —el triple que un portaaviones actual—. Sus paredes de hielo alcanzarían hasta 12 metros de grosor, recorridas por un sistema de tuberías refrigerantes que mantenía todo el casco congelado en pleno océano. Su velocidad máxima rondaría apenas los 6 nudos: más lento que un buque de carga, pero teóricamente casi indestructible ante torpedos y bombas.

Para probar el concepto del portaaviones de hielo se construyó un prototipo a escala en el lago Patricia, en Alberta (Canadá), lejos de miradas curiosas. Aquella estructura, de unos 18 por 9 metros y cerca de mil toneladas, se mantuvo congelada durante meses gracias a un pequeño motor refrigerante. Además, esto demostró que la idea técnicamente funcionaba.

Por qué nunca llegó a navegar

Lo que acabó hundiendo el proyecto no fue la física, sino la cuenta de gastos. Construir un solo Habakkuk a tamaño real se estimaba en unos 70 millones de dólares de la época. Además, requeriría a miles de trabajadores dedicados durante meses solo para mantenerlo helado. Mientras tanto, la guerra seguía avanzando: los aviones de largo alcance mejoraron lo suficiente para cubrir el “agujero negro” sin necesidad de ningún portaaviones de hielo nuevo. Por tanto, Estados Unidos empezó a producir portaaviones convencionales en cantidades industriales. A principios de 1944, antes de que se pusiera la primera quilla real, el proyecto quedó abandonado silenciosamente.

Hoy, lo único que queda de aquel plan es el fondo del lago Patricia. Allí, los restos del prototipo —lastres, maquinaria y algún resto de estructura— siguen convertidos en un curioso destino para buceadores. Una buena forma de recordar que, a veces, las ideas más disparatadas de la historia no fracasan por ser malas, sino simplemente por llegar un poco tarde, como le ocurrió años después a otro proyecto militar extravagante y carísimo.

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