Es muy probable que, solo por haber leído la palabra «bostezo» en el titular, ya hayas sentido una ligera tentación de abrir la boca. No es casualidad ni sugestión barata. Los bostezos contagiosos son uno de los contagios más eficaces que existen, más incluso que cualquier gripe, y la ciencia todavía está desentrañando por qué tu cerebro es tan vulnerable a ellos.
Un reflejo que no puedes apagar a voluntad
En 2017, un equipo de la Universidad de Nottingham liderado por Stephen Jackson quiso ir más allá de la típica explicación de «es empatía». Por eso, metieron a 36 personas en un experimento con estimulación magnética transcraneal (TMS): les pusieron vídeos de gente bostezando y les pidieron dos cosas distintas, unas veces que se dejaran llevar y otras que aguantaran las ganas como fuera.
El resultado fue revelador: aguantarse no eliminaba el impulso, solo lo intensificaba y cambiaba la forma en que se expresaba, ya fuera como medio bostezo o como bostezo reprimido. Además, midiendo la excitabilidad de la corteza motora de cada participante, los investigadores pudieron predecir casi la mitad de la variabilidad en cuánto se «contagiaba» cada persona. Es decir, buena parte de tu susceptibilidad al bostezo ajeno no depende de cuánta voluntad tengas, sino de cómo está cableada tu corteza motora ese día.
¿Entonces no es cosa de la empatía?
Sí y no. La hipótesis más extendida sigue apoyándose en las neuronas espejo, esas células que se activan tanto cuando haces una acción como cuando ves a otro hacerla, y que se consideran parte del sustrato neuronal de la empatía. Sin embargo, el estudio de Nottingham no la descarta: propone que los bostezos contagiosos surgen de una combinación de esa activación «espejo» y una falta de inhibición en las áreas motoras del cerebro. Eso explicaría por qué algunas personas casi nunca bostezan por contagio y otras lo hacen en cuanto ven una fotografía del gesto.
Esa conexión con la empatía también se refleja en los bostezos contagiosos de otros animales. En un estudio publicado en PLOS ONE, los perros bostezaban hasta cuatro veces más al escuchar bostezar a su propio dueño que a un desconocido, lo que sugiere que el vínculo emocional entre ambos influye en el contagio. No es una prueba definitiva de que los perros «empaticen» como nosotros, pero sí apunta en esa dirección.
Por qué a veces el contagio no funciona
Si alguna vez te has preguntado por qué tu sobrino pequeño no bosteza cuando tú lo haces delante de él, o por qué algunas personas parecen inmunes al gesto, la respuesta vuelve a estar en el cableado cerebral. Los niños muy pequeños y algunas personas dentro del espectro autista muestran, según varias investigaciones, una susceptibilidad mucho menor al bostezo contagioso. Ese patrón coincide, además, con diferencias conocidas en cómo procesan las señales sociales de los demás. Eso no significa que no sientan empatía, sino que el circuito concreto que conecta «ver un bostezo» con «producir un bostezo» parece desarrollarse o activarse de forma distinta.
Curiosamente, aguantarte el bostezo en una reunión aburrida tampoco te libra de nada. Según el propio estudio de Nottingham, reprimirlo solo consigue que la urgencia crezca, así que la próxima vez que notes que viene uno, quizá sea mejor rendirse con discreción que librar una batalla perdida contra tu propia corteza motora.
Lo que la ciencia sabe sobre los bostezos contagiosos
- Los bostezos contagiosos no son exclusivos de los humanos: también se han observado en perros, chimpancés y otros primates.
- La capacidad de «pescar» un bostezo varía mucho de una persona a otra, y buena parte de esa diferencia tiene una base medible en la excitabilidad de la corteza motora.
- Resistirse al impulso no lo apaga, solo lo transforma.
- El vínculo emocional con quien bosteza, ya sea una pareja, un amigo o el propio dueño en el caso de los perros, parece aumentar las probabilidades de contagio.
Así que la próxima vez que alguien te acuse de aburrirle tanto que le has hecho bostezar, puedes responder, con la boca aún entreabierta, que en realidad acaba de dar una pequeña prueba de que su corteza motora funciona perfectamente. Y si quieres entender además por qué este reflejo casi desaparece en pleno verano, lo explicamos con detalle en este artículo sobre el bostezo y la ventana térmica.