En julio de 1518, una mujer llamada Frau Troffea salió a una calle de Estrasburgo y empezó a bailar. Sin música, sin motivo aparente y, según los registros de la época, sin parar. Bailó durante días. Hoy los historiadores creen que fue un caso extremo de histeria colectiva. Luego se le unieron otras personas. En pocas semanas, decenas de vecinos bailaban sin descanso por las calles de la ciudad, y algunos llegaron a morir de agotamiento, infartos o derrames. Esto no es una leyenda medieval exagerada con el tiempo. Es uno de los episodios mejor documentados de la historia europea, con actas municipales, recetas médicas y crónicas de la época que lo confirman.
Una ciudad que no podía dejar de bailar
Estrasburgo, entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico, venía de años duros: hambrunas, viruela, sífilis y una desigualdad social enorme entre el pueblo y el clero o la nobleza. En ese contexto llegó el “baile” de Frau Troffea, que se extendió como un contagio social. Las autoridades, lejos de prohibirlo, cometieron lo que hoy nos parece un error de manual. Construyeron un escenario de madera y contrataron músicos, convencidos de que si la gente bailaba “lo suficiente” se curaría antes. El resultado fue el contrario: la música atrajo a más bailarines y el fenómeno se agravó. Según las crónicas, en su punto máximo llegaron a bailar unas 400 personas al mismo tiempo, muchas de ellas hasta desplomarse.
La hipótesis de la histeria colectiva
Durante siglos se culpó a San Vito, un santo al que se atribuía el poder de “maldecir” a los pecadores con danzas incontrolables. Eso explica por qué muchos enfermos acabaron peregrinando a capillas dedicadas a él en busca de cura. Pero la explicación religiosa no satisface a los historiadores modernos. El historiador médico John Waller, de la Universidad Estatal de Michigan y autor del libro de referencia sobre el tema, sostiene que se trató de un caso extremo de histeria colectiva inducida por el estrés. Una población agotada por el hambre y el miedo, que además creía firmemente en la maldición de San Vito, podía entrar en un trance psicógeno real con solo ver a otros bailar sin control.
La otra gran hipótesis es más química: el cornezuelo del centeno, un hongo que contamina el grano almacenado en condiciones húmedas. Produce compuestos emparentados con el LSD, capaces de provocar alucinaciones y espasmos. Es una teoría atractiva, pero Waller la rechaza con un argumento bastante sólido. El cornezuelo también corta la circulación y suele provocar gangrena y quemazón en manos y pies, síntomas que ningún cronista de 1518 menciona. Alguien intoxicado con cornezuelo difícilmente podría mantenerse días enteros bailando de pie.
No fue un caso aislado
Lo más curioso es que Estrasburgo no fue un caso único, sino el episodio más grave de una serie de “epidemias de baile” o choreomania que se repitieron a lo largo del Rin y el Mosela entre los siglos XIV y XVII. La mayoría se resolvían solas en días o semanas, pero ninguna quedó tan bien documentada ni causó tantas muertes como la de 1518. Se prolongó más de un mes antes de que las autoridades, ya sin música de escenario, empezaran a enviar a los afectados a capillas de montaña dedicadas a San Vito, donde finalmente el fenómeno se fue apagando.
Hoy el consenso entre historiadores, recogido por medios como History.com, es que la “plaga danzante” de 1518 probablemente combinó varios ingredientes: una crisis de subsistencia real, una creencia religiosa compartida sobre una maldición muy concreta, y el poder casi hipnótico que tiene ver a una multitud haciendo lo mismo sin parar. Ningún ingrediente por sí solo lo explica del todo. Eso convierte este episodio en uno de los ejemplos de histeria colectiva más extraños de la historia, y en un recordatorio de hasta qué punto el cuerpo puede obedecer a la mente cuando el contexto social aprieta lo suficiente.
Si quieres conocer cómo arrancó exactamente aquel baile imparable, ya lo contamos con todo detalle en la crónica de la plaga del baile que paralizó Estrasburgo.