Hay gente con mala suerte, y luego está Roy Sullivan. Este guarda forestal del Parque Nacional Shenandoah, en Virginia (Estados Unidos), fue alcanzado por un rayo siete veces distintas entre 1942 y 1977 y las siete veces sobrevivió para contarlo. El propio superintendente del parque documentó cada incidente, y hoy Sullivan figura en el Guinness World Records como la persona alcanzada por más rayos de la historia registrada. Para hacerse una idea de lo extraordinario del caso: la probabilidad de que un rayo te toque una sola vez en la vida ronda 1 entre 15.000, así que siete impactos confirmados no es estadística, es casi una vocación.
Siete rayos, una cabeza en llamas siete veces
El primer impacto llegó en abril de 1942, cuando Sullivan se refugió de una tormenta en una torre de vigilancia sin pararrayos: el edificio empezó a arder, salió corriendo y el rayo le abrió una herida en la pierna y le voló la uña de un dedo del pie. No sería la única vez que el fuego le acompañara: en la mayoría de los siete episodios, el pelo se le prendió literalmente.
- 1969: conduciendo por la montaña, un rayo rebotó de unos árboles y entró por la ventanilla de su camioneta, dejándolo inconsciente y sin cejas ni pestañas.
- 1970: en el jardín de su casa, el rayo golpeó un transformador cercano y saltó hasta su hombro izquierdo.
- 1972: trabajando en una caseta del parque, el impacto volvió a prenderle el cabello, que apagó con toallas mojadas.
- 1973: patrullando en coche, el rayo le quemó las piernas, le arrancó un zapato y tuvo que conducir él mismo hasta el hospital.
- 1976: aseguró haber visto una nube que «lo perseguía»; intentó huir y aun así lo alcanzó, lesionándole el tobillo.
- 1977: mientras pescaba en una charca, el rayo le entró por la cabeza y le quemó el pecho y el estómago.
¿Mala suerte o un imán humano?
La ciencia no habla de «imanes para rayos»: no existe ningún objeto, metal en el cuerpo o característica física que atraiga los rayos de verdad, según los expertos en meteorología que han estudiado el caso. Lo que sí influye, y mucho, es la exposición repetida: Sullivan pasaba la mayor parte del año al aire libre, muchas veces en las zonas más altas del parque durante tormentas, justo el escenario de riesgo que las autoridades llevan décadas advirtiendo evitar. Dicho de otro modo, no es que el cielo le tuviera manía; es que estadísticamente jugaba a la lotería del rayo mucho más que el resto de nosotros, tormenta tras tormenta, década tras década, y por pura mala suerte acumulada le tocó siete veces.
Los meteorólogos recuerdan además que un rayo puede caer con el cielo aparentemente despejado a varios kilómetros de la tormenta más cercana, el llamado «rayo en cielo azul», lo que explica por qué ni siquiera alejarse de las nubes negras garantiza estar a salvo del todo. En el caso de Sullivan, casi todos los episodios ocurrieron precisamente en el peor sitio posible para una tormenta: al aire libre, en terreno elevado y sin nada más alto alrededor que atrajera el rayo antes que él. Su propio cuerpo, en varias ocasiones, se convirtió sin querer en el punto más alto del paisaje.
El precio de ser único
Sobrevivir a siete rayos le dio fama mundial, pero también un curioso efecto secundario: según relatan varias crónicas de la época, algunas personas empezaron a evitarlo por miedo a que la tormenta lo «siguiera» también a ellas, y Sullivan vivió sus últimos años con más soledad de la que le hubiera gustado. Murió en 1983, a los 71 años, dejando tras de sí un récord que nadie ha logrado igualar y una lección tan simple como memorable: la próxima vez que retumbe un trueno, mejor buscar refugio antes que esperar a ver qué pasa.