Hay un país en el mundo más pequeño que muchos aparcamientos, sin agricultura, sin playas turísticas y sin apenas vecinos, que aun así tiene su propia bandera, su moneda, sus pasaportes y hasta ha sobrevivido a un golpe de Estado con mercenarios armados. Se llama Sealand —el Principado de Sealand, para ser exactos— y no está en ningún atlas serio, pero eso no le ha impedido presumir durante más de 55 años de ser, según sus propios habitantes, la nación soberana más pequeña del planeta.
De torre antiaérea a «principado»
Sealand ocupa toda la superficie de Roughs Tower, una plataforma de hormigón y acero que el ejército británico construyó en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, para disparar contra los aviones alemanes que minaban el estuario del Támesis. Terminada la guerra, la Marina británica abandonó la torre a su suerte a unos 12 kilómetros de la costa de Suffolk, en aguas que entonces se consideraban internacionales.
Ahí es donde entra Roy Bates, un excomandante del ejército británico reconvertido en locutor de radio pirata, de esos que emitían música pop desde barcos y plataformas para saltarse el monopolio de la BBC. En 1967, Bates ocupó Roughs Tower para montar su propia emisora y, el 2 de septiembre de ese año, hizo algo bastante más ambicioso que sintonizar una frecuencia: declaró la plataforma un Estado independiente y se autoproclamó «Príncipe Roy de Sealand».
El golpe de Estado con mercenarios y un piloto de James Bond
Lo que parecía una broma de radioaficionado tuvo, once años después, su capítulo más rocambolesco. En agosto de 1978, un empresario alemán llamado Alexander Achenbach, que se hacía llamar «primer ministro» de Sealand tras una disputa de negocios con Bates sobre un proyecto de casino y hotel, contrató a un grupo de mercenarios holandeses y alemanes armados con rifles de asalto. Aprovechando que Roy y su esposa estaban de viaje, asaltaron la torre en lancha rápida y helicóptero y retuvieron a su hijo Michael Bates como rehén en su propia «nación».
Roy Bates no se quedó de brazos cruzados: fletó un helicóptero pilotado por John Crewdson, el mismo especialista que volaba las escenas de acción en las películas de James Bond, y recuperó la plataforma al asalto, capturando a los golpistas. Uno de ellos, el abogado alemán Gernot Pütz, quedó retenido durante semanas bajo cargos de «traición» según las leyes sealandesas, hasta que Alemania envió un diplomado desde su embajada en Londres para negociar su liberación.
Ese detalle, aparentemente menor, es el argumento favorito de Sealand para reclamar cierta legitimidad: al enviar a un representante diplomático a negociar directamente con Bates, sostienen, Alemania trató de facto a la plataforma como una entidad con autoridad propia sobre su territorio, algo que ningún gobierno ha vuelto a hacer desde entonces.
¿Es el Principado de Sealand un país de verdad?
La respuesta corta es no: ningún Estado miembro de la ONU reconoce al Principado de Sealand como país, y bajo el derecho internacional una plataforma artificial no puede generar soberanía territorial. La respuesta larga es más divertida: Sealand ha emitido pasaportes (algunos falsificados y vendidos por delincuentes sin relación con la familia Bates, lo que le ha dado más de un quebradero de cabeza legal), sellos de correos, monedas llamadas «sealand dollars» y hasta títulos nobiliarios que se pueden comprar online como recuerdo.
No es la única rareza de fronteras y soberanía que existe en el mundo: la isla que cambia de dueño dos veces al año desde hace más de 350 años demuestra que, a veces, la soberanía compartida también funciona, aunque sea con reglas muy distintas a las de Sealand.
Tras la muerte de Roy Bates en 2012, su hijo Michael heredó el título de «Príncipe» y sigue al frente de Sealand junto a su familia. La plataforma, de apenas unos 550 metros cuadrados de superficie útil, ha llegado a tener un único residente permanente encargado de mantener el generador y evitar que la estructura, con más de ocho décadas a sus espaldas, se venga abajo por la corrosión del Mar del Norte.
Sealand no aparece en Naciones Unidas ni pagará nunca una selección de fútbol al Mundial, pero como recordatorio de lo que puede pasar cuando alguien se toma muy en serio una idea aparentemente descabellada, es difícil encontrar un ejemplo mejor. Puedes leer la historia completa, documentada con detalle, en la entrada de Wikipedia sobre el Principado de Sealand.
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