Las Flechas del Diablo: 25 toneladas movidas 18 km de más

En Boroughbridge, un pueblecito de Yorkshire (Inglaterra) que hoy vive tranquilo entre el tráfico de la A1, hay tres piedras que llevan cerca de 4.000 años dando dolores de cabeza a los arqueólogos. Se las conoce como las Flechas del Diablo (Devil’s Arrows) y son, ojo al dato, más altas que la mayoría de los megalitos de Stonehenge: hasta 7 metros de piedra clavada en vertical, formando la hilera de piedras prehistórica más alta de toda Gran Bretaña.

La leyenda local dice que el propio diablo las lanzó desde una colina cercana intentando destruir la ciudad de Aldborough y falló por poco. La ciencia, publicada esta semana en la revista Proceedings of the Royal Society A, tiene una explicación bastante menos sobrenatural pero igual de alucinante: un grupo de personas del Neolítico cargó con cada una de estas moles —unas 25 toneladas, el peso de tres autobuses de dos pisos— y las arrastró a mano durante al menos 18 kilómetros.

El misterio del origen de las Flechas del Diablo

Durante décadas, los arqueólogos daban por hecho que el origen más lógico era Plumpton Rocks, un afloramiento de piedra arenisca (millstone grit, la misma roca dura y porosa típica de los páramos de Yorkshire) situado a unos 13 km de Boroughbridge. Tenía sentido: es la cantera «gratuita» más cercana, y mover piedras de ese tamaño sin ruedas, sin animales de tiro conocidos para la tarea y con herramientas de piedra y madera ya era, de por sí, una machada de ingeniería.

El problema es que, cuando un equipo liderado por el geoquímico Anthony Clarke (Universidad Curtin, en Australia) junto con la Universidad de York decidió comprobarlo con lupa —una lupa isotópica, para ser exactos—, Plumpton Rocks no encajaba. Analizaron más de 400 granos microscópicos de dos minerales, circón y apatito, que actúan como una especie de «documento de identidad» geológico: su composición isotópica revela la edad exacta de las rocas en las que se formaron, y esa edad es única de cada zona del subsuelo.

El resultado señaló, sorprendentemente, a un lugar mucho más alejado y de terreno más abrupto: Brimham Rocks, a unos 18 kilómetros de distancia. Las tres piedras analizadas mostraron el mismo patrón de edades, así que salieron del mismo sitio, casi con toda seguridad de la misma cantera.

¿Por qué complicarse la vida?

Aquí está la parte de las Flechas del Diablo que ha dejado pensando a los investigadores: si había piedra arenisca perfectamente válida más cerca, ¿por qué ir a buscarla tan lejos, cruzando un terreno más difícil, con el esfuerzo extra que eso supone para docenas de personas tirando de cuerdas y troncos durante días? Clarke lo resume así: «nuestra investigación muestra que estas piedras no se cogieron sin más de la fuente disponible más cercana: se eligieron deliberadamente en un paisaje complicado a 18 kilómetros de distancia».

La hipótesis que maneja el equipo es que el lugar de origen de la piedra importaba tanto —o más— que la piedra en sí. Brimham Rocks es hoy un paraje de formaciones rocosas caprichosas, esculpidas por el viento y el hielo en formas que ya debían de resultar llamativas hace 4.000 años. Es fácil imaginar que un sitio así, con esas pintas, se considerara «especial» y que arrastrar una piedra desde allí hasta el futuro monumento tuviera un significado que hoy solo podemos intuir: religioso, simbólico, de estatus para la comunidad que lo lograba… como quien hoy trae piedras de un lugar de peregrinación en vez de comprarlas en el almacén de la esquina.

Sea cual sea el motivo exacto, el dato deja claro algo: la gente del Neolítico británico no solo sabía resolver problemas de ingeniería colosales sin metal ni rueda, sino que además tomaba decisiones de diseño basadas en el simbolismo del paisaje, no solo en la comodidad. Por eso, las Flechas del Diablo siguen siendo, 4.000 años después, un monumento tan simbólico como físico. Si te gustan las historias de piedras con secretos escondidos, no te pierdas tampoco este anillo medieval que apareció bajo una calle noruega, que también escondía un secreto geológico. Y la próxima vez que alguien se queje de tener que ir al Ikea que le pilla más lejos, que piense en esto.

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